Posteado por: Contrapunto digital | agosto 5, 2014

Escríbeme una carta

Escríbeme una carta“Escríbeme una carta”, me dijo y no pude negarme, aunque Nereida no me había señalado ni con un puntero en el mapa, como solía hacer en sus clases de Geografía, dónde quedaba el Océano Pacífico; aunque la conocí de pasada, cuando había dejado el aula y ya vendía artesanías por cuenta propia.

Lo único que sabía de ella, más allá de ese saludo ocasional cuando nos cruzábamos en la acera, era su pose de pedagoga que trascendió en unas cuantas fotos con sus alumnos; que creía en Dios desde hacía mucho tiempo; que aquella muchacha flacucha con sus mismos ojos —esa que ahora se me plantaba delante con tamaña petición— era su hija y que, de un día a otro, a Nereida la había empezado a consumir un cáncer en el interior.

Por eso me helé aquella tarde; no porque nunca hubiese escrito una epístola, sino porque jamás había hilvanado palabras ante la angustia del dolor ajeno y porque increíble era que mi única conversación con esa muchacha —de mi misma complexión física y casi de mi misma edad— fuese aquel pedido desgarrador.

—Supe lo de tu mamá…, lo siento— balbuceé apenas.

—Fue… —respondió en un mal intento por acallar las lágrimas—. Necesito que me ayudes —pidió—. Escríbeme una carta para agradecer a Yania, la doctora, y a todas las enfermeras que lucharon por mi mamá durante estos cinco meses.

Tragué en seco para escuchar aquellas confesiones llegadas entre sollozos. Yo había visitado la Sala de Quimioterapia por intereses reporteriles, había entrevistado a Yania, la doctora, y a cada una de aquellas seños de verde de pies a cabeza que intentaban mitigar la revoltura de los citostáticos o aquel olor a muerte. Lo que no sabía entonces —hasta aquella angustiosa tarde— era que esa misma doctora había perdido a su madre con cáncer; que consiguió para Nereida —como para otros pacientes— medicamentos en otras provincias del país cuando aquí escaseaban y que esa madrugada también lloró desde el otro lado del auricular cuando confirmó lo que trató de evitar, pero ya sabía desde antes: “Mami murió”.

Y ahora yo debía escribir… sin sensiblerías, con la frialdad que suele colarse en una columna de un medio de prensa.

Vacilé, pero no podía negarme; acaso porque jamás me había esforzado por atender en ninguna de las clases de Nereida; porque tampoco le tendí la mano en aquellos días de dolor a no ser por medio de las recetas y las medicinas que algunas veces salieron de mi casa; porque nunca me atreví a visitarla ni antes ni después de que se le cayera el pelo —solo la vi una vez en el hospital cuando quizás ya no tenía ánimos para saludarme— y porque ahora era la única oportunidad de decirle que, a veces, las palabras son el único socorro para no pocos quebrantos.

Hubiera querido decirle que a la gratitud le quedan estrechas esas cuantas líneas y que un ejemplar entero del periódico no hubiesen bastado tampoco para ahogar la tristeza de Vivian, su muchacha de ojos saltones; pero eso es mejor que no lo sepa ni que lo lea, porque espero que en algún lugar de este mundo reciba esta otra carta.

Posteado por: Contrapunto digital | febrero 13, 2014

El hombre que ama a los perros

Santos Suárez (Small)  No le debe nada a San Lázaro, que se sepa; pero se le asemeja tanto que hasta los   escépticos pudieran creer que es su reencarnación. Y no por las llagas que le faltan en las piernas —a no ser que se escondan bajo el raído pantalón—; ni por el color de ébano que dista tanto de la tez clara del viejo de las muletas; ni tan siquiera porque lleve alma y hasta nombre de santo; se parece, únicamente, por la jauría que lo escolta día y noche.

Santos Suárez Roque, como casi nadie le conoce, no ha tenido otra compañía más fiel en su vida que esa manada de perros y su padre; “pero el viejo se me murió y entonces me tuve que ir de Morón, de donde soy, porque lo veía en la casa y en todos los lados. Dejé allá a la mujer y vine dando tumbos con los perros” —esa confesión arrancada en las postrimerías sería el gancho para narrarme una historia que ya dura 14 años—.

Cuando lo conocí había dejado de vivir en la garita del huerto del Hospital General Universitario Camilo Cienfuegos con los 15 perros que dice tenía por entonces; tampoco gastaba los pocos kilos que le pagaban comprando empella y arroz para alimentarse todos; ni iba con la cantina a la EIDE a resolver algo de salcocho para engañar el hambre de los animales. Yo lo hallé por pura causalidad, cuando había encontrado hogar en el Asilo Canino de Sancti Spíritus, un proyecto de la Fundación de la Naturaleza y el Hombre, el primero de su tipo en el país, que Santos ha hecho propio; un lugar intrincado de la ciudad al que se llega en carro y se entra a pie.

Es su casa. Quizás la única que ha tenido en mucho tiempo. No son más que cuatro tablas parapetadas en medio de la nada, o de la casi nada. “Ahí es donde se les da el baño seco a los perros, me tranquiliza; aquella es la oficina —una habitación que parece de mampostería desde lejos y donde prefiero pensar que pernocta— y por ahí pa’ allá están las naves y vamos a hacer otras dos jaulas porque ya tenemos más de 50 perros”.

A muchos los ha recogido de la calle sin lazos ni jamos y a otros los ha sacado de la perrera donde dice haber dejado la fortuna que jamás ha tenido. “He pagado más de 3 000 pesos de multas para sacarlos de ahí”, confiesa. A todos los ha curado de las pulgas, la sarna y de las llagas del abandono.

Mas, tal vez intuye —por sufrirlo en carne propia acaso— que algunos rasguños casi nunca sanan y por eso se aferra a la idea de sensibilizar a otros para que cuiden a sus cachorros, de abrir las puertas del asilo —como se lee en la tabla que cuelga de un poste a la entrada del camino— a la adopción, que conlleva una vigilia estricta a los futuros dueños, y a otros tantos sueños por construir.

“Hemos hecho mucho, pero aquí falta hacer una pila de cosas: un parque infantil, una clínica veterinaria para capar a las perras y evitar la reproducción, un crematorio, tener luz eléctrica…”. Utopías, pienso y Santos me desmiente sin saberlo desde que me contó que a filo de machete desbrozó todo aquel yerbazal que inundaba el terreno; que a golpe de voluntad, y de otros tropiezos, echaron cercas y levantaron jaulas y hasta construyeron una improvisada cocina de leña más rápida y ahorradora que una hornilla eléctrica.

Lo ha hecho todo por corazón y por otras razones que prefiere callar y yo omito, porque siempre ha vivido al lado de los perros y sé que los canes, en un natural intento de autodefensa, suelen ser precavidos a la hora de abrir el alma. Lo ha aguantado todo: mordidas, desamparos y hasta los reproches de la mujer que espera en Ciego de Ávila y que de vez en vez le recrimina celosamente: “Tú quieres más a los perros que a mí”.

Y es para creerlo. Solo le ha sido infiel —creo yo— con ese retortero de perros suyos que han venido a suplir tanto… hasta el vacío de hijos. Pero Santos no se queja, le basta tener la mejilla mojada de lamidos; le basta tener los boniatos cocidos en el caldero; le basta matar una a una las garrapatas; le basta sentir aquellos ladridos interminables para ser feliz.

Cuando lo conocí hasta yo juzgué su parecido con el viejo Lázaro.  Tenía más de 60 años, la cabeza cana, una manada propia y esa faz irrepetible de quien ha sentido las mordidas del desarraigo. Puede que no sea un santo, pero a Santos Suárez Roque lo encontré por puro milagro en medio de la jauría mientras intentaba buscar primicias del Asilo Canino. Desde entonces tengo una deuda y nadie más sospecha —como no lo imaginaba antes— que, cuando la ciudad toda duerme, en aquella boca de lobo hay un hombre que ama a los perros.

Posteado por: Contrapunto digital | mayo 17, 2013

El apartheid de las mentes

images  “Yo nací con plumitas”, me lo dijo sin un ápice de recato,  como si lo que no se delata a simple vista hubiese venido en su información genética. Era la primera vez que hablaba, periodísticamente, con un homosexual confeso.

Bastó el pretexto de la recién concluida VI Jornada cubana de lucha contra la homofobia, con sus más o menos sinsabores en tierras yayaberas, para hacerme cómplice de aquellas revelaciones lanzadas a quemarropa. Había preparado unas cuantas preguntas, no sin censurarme las indiscretas, pero necesarias; había releído a Mariela Castro y sus más recientes declaraciones en la entrevista publicada en Granma e incluso había intentado conciliar mi supuesta open mind con esa imagen cándida que a veces proyecto. Pero Yunior Salas me desarmó.

“Soy cubano, gay y socialista”, confesó en las postrimerías de la charla cuando ya había confirmado lo que sospechaba: nadie sufre tanto como quien lleva a cuestas el estigma de la discriminación. Y Yunior lo supo desde que vestía pañoleta azul y tenía que conformarse con la negativa de aquel niño detrás de la ventana “porque mi mamá no me deja jugar contigo” o cuando cierto profesor de Educación Física le nombraba hembrita delante de sus compañeros o en la Secundaria, cuando la maestra le aseguró sin intenciones malsanas: “Que si yo no cambiaba mi actitud iba a ser muy desgraciado, porque sería maricón y a un maricón nadie lo quiere. Eso te va creando un sentido de culpa, raíces de amargura y llega el momento en que te rechazas de tal manera a ti mismo que no te sientes bien con nada de lo que haces ni de lo que dicen. Estás a la defensiva constantemente ante todo y con todos; es difícil”.

No lo había elegido conscientemente. Poco tenía que ver con su aversión a los deportes, con la crianza de su abuela ni con ciertas insinuaciones de algunos hombres de la familia: “Dale, ven a jugar dominó. Habla como los hombres y sal para la calle a romperle la cabeza a cualquiera”.

Calló durante años, pese a vejaciones sociales. Primero intentó expiar sus culpas bajo la cobija de la fe; dejó los estudios para minimizar humillaciones; tragó en seco cada vez que la abuela le advertía: “Los homosexuales van al infierno”; trató de explicarse una y mil veces aquella ambivalencia entre lo que debía ser y lo que sentía… “No podía con la carga que llevaba dentro y vino el desbarajuste. Aquello no se puede aguantar porque te vuelves loco y eso ha llevado a que atenten contra su propia vida, al alcoholismo, a los problemas mentales. Todo eso lo que genera es más homofobia y más rechazo social porque entonces se ve en esta figura discriminada por la sociedad todas esas conductas que la gente rechaza”.

Fuera del closet, con un poco más de 15 años, soportó otras condenas: el silencio de la abuela, la orfandad del padre, la incomprensión materna y hasta el irse adaptando con el tiempo a ese rechazo solapado que hiere y puede, incluso, trastocar identidades; porque “tú puedes haber estudiado, que si llegan a la cuadra y preguntan por ti ya no eres el ingeniero o el doctor, sino el mariconcito que vive allí. Esa es la carrera que estudiaste toda la vida, aunque cualquier virtud humana esté por encima de tu orientación sexual”.

Con el lastre del rechazo cargó, aun cuando asumió sin tapujos su preferencia sexual y conoció a Rogelio, con quien ha compartido, además de una vida durante 15 años, el proyecto común de ser promotores voluntarios de la línea de Hombres que tienen Sexo con otros Hombres (HSH) del Departamento Provincial de Prevención de las ITS/VIH/sida.

Mas, bien lo sabe: la homofobia sigue siendo una hidra de siete cabezas. Acaso porque la homosexualidad se asocia siempre al sida, y son los grupos más vulnerables; acaso porque a la sociedad aún le cuesta aceptar las excepciones de toda regla y, a la postre, lo más peligroso es el irrespeto al ser humano. ¿Rechazo crónico? ¿Tolerancia o inclusión social?

“La homofobia es una especie de apartheid. Aunque ya se esté procurando una actitud diferente y hayan programas sociales dirigidos a ir cambiando la visión y la mentalidad, todavía ser homosexual se sigue viendo de una forma estigmatizada”.

Y por más que se intente, persiste, pocos están aptos aún para escuchar, sin cuestionamientos, aquella certeza compartida con la mayor naturalidad del mundo: “Yo amo a Rogelio y él ha aprendido a quererme bien”, me dijo en otro rapto de sinceridad. Solo entonces, con la agenda a punto de cerrarse, advertí que esta historia aún está por escribirse.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 6, 2013

Amor de madre

“Le pido a Dios todos los días que mis seis hijos me entierren, que no tenga nunca que enterrar a ninguno de ellos”. Y Dios no escuchó a Elena Frías de Chávez. Fue lo menos que pensé cuando aquellas palabras, dichas mucho antes para un documental inconcluso de la periodista Maricela Recasens –como confesaría la propia reportera-, me estremecieran al filo de la medianoche durante la emisión del Noticiero del Cierre.

Chávez dolía desde mucho antes de la tarde de ayer. Desde que el cáncer se reveló como una certidumbre; desde la primera cirugía en La Habana; desde que las radioterapias lo devolvieron en imágenes –desacostumbradas siempre- sin cabellos; desde que hace apenas más de dos meses, sentado en la silla presidencial, anunció un obligado viaje, que quizás nunca presintió sin retorno.

No era la primera vez. Ni tampoco la única que se alejaba de Venezuela y de ese otro hogar suyo: su madre. Ya lo había hecho antes, cuando del lecho materno tuvo que pasar al de la abuela Rosa Inés porque las estrecheces económicas de la casa impedían sustentar a tantos vástagos.

Pero, acaso desde que se vistió de soldado Elena lo creyó demasiado temerario para quebrantarse. Tal vez ella –como solo saben las madres- desde entonces se arropó de remembranzas para agazapar el dolor, aunque bien lo supiera: hay heridas siempre abiertas.

Y por eso a lo mejor lo veía, aunque la señal del televisor se lo devolviera de rojo cerrado mientras le hablaba a la nación que había hecho suya, como el pequeño que vendía las “arañas” por las calles de Sabaneta o se recordara a solas con la comadrona cuando “naciste de 4 a 4 y 30 de la mañana (…)  No tenía reloj pero si sé que fue en la madrugada, el feliz nacimiento tuyo mi amor” –como lo reseñó el sitio Noticia al día cuando a petición de su hijo Elena le revelara el día aquel en que lo trajo al mundo-.

Desde entonces fue un amor sin explicaciones, pero de incertidumbres por esa elección del hijo de tanto andar al filo de la muerte. Mas, Chávez no dudaría nunca en hacerle saber cuánto refugio encontraba en su pecho, cuánto agradecía a Dios haber venido de su vientre.

Por eso hoy cuando Venzuela toda es llanto, las imágenes vuelven a estremecerme. Ya no es la voz de Elena –en las postrimerías de la noche- la causa de mis desvelos, sino esa mujer inconsolable que no se aparta del féretro. Otra vez resuena en mi mente la plegaria que le escuché anoche y prefiero figurármela entonces sentada en una de las butacas de la sala de su casa, casi tres años atrás, el Día de las Madres cuando el hijo eterno dedicara unas líneas –publicadas en Patria grande, la revista digital del ALBA– para homenajear a las madres venezolanas, y en especial a su mamá-abuela Rosa Inés y a ella. Prefiero imaginarla con una sola lágrima en las mejillas mientras Chávez le dice, en versos del poeta argentino Roberto Juarroz: He demorado mucho, /he demorado todas las mujeres/y también todos los hombres/,he demorado el tiempo interminablemente largo de la vida/ interminablemente breve,/para llegar a ser varias veces tu hijo.

Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 7, 2012

Son de provincia

La Habana seduce. Tiene ese raro poder de obnubilar hasta a los más cuerdos. Quizás porque desde que la engendraron se sabe metrópoli soberana de no pocas exclusividades: el único Capitolio; la mayor de las fortalezas militares construidas por España en el Nuevo Mundo; los hoteles más pomposos; los mejores centros culturales de toda la isla y hasta los mayores por cientos de emigrados, como debe rezar en las más recientes estadísticas.

No basta con que se vanaglorie, se diga –y hasta se lo crean algunos- que es la capital de todos los cubanos; La Habana tiene ese sino discriminatorio per se. De lo contrario no resonaría una y otra vez, como para desnudarte en plena calle, la obligada pregunta: ¿son del interior?… como si el resto de los coterráneos de esta isla fueran apenas unos extraterrestres venidos de otra galaxia, acaso de la misma galaxia que esos interlocutores llevan tatuada –la mayoría de las veces- en su carné de identidad.

Por eso, para disimular el guajinómetro, algunos se disfrazan: se tragan las erres hasta para decir perro; evitan retratarse con el Capitolio a sus espaldas; disimulan el miedo a los miles de semáforos; permiten ser tragados, sin preguntar, por camellos a riesgo de confundir las paradas; enmudecen por tal de no cantar…

Hace un tiempo se me revolvieron de golpe unas que otras molestias. Acudí a la presentación de un libro de escritores “de provincia” en cierto centro cultural habanero. El agua embotellada –que no debe faltar en eventos de rango-; los micrófonos en la mesa; un menguado público y delante talentosos escritores –no lo dudo- que más que hablar de sus textos se desdoblaron en agradecer “la oportunidad de poder presentarnos aquí”, “allá en nuestra provincia hay mucha gente buena escribiendo, pero aquí no se conoce”; “allá tenemos las décimas, la casa museo de Fulano, las composiciones de Mengano…” como si el talento entendiese algo de fatalismo geográfico.

No pude menos que compadecerme de esa especie de servilismo profesional como si todos no fuesen escritores, como si todos no fuesen cubanos, como si todos no tuvieran las mismas posibilidades, como si todos no fuesen iguales… ¿o no? Recriminé a La Habana y a esa omnipotencia suya que la ha convertido en el único lugar posible para trascender. Lo lamenté aunque a lo mejor ella no tiene la culpa, ni ellos ni yo tampoco que más de una vez he sucumbido a su deslumbramiento.

Posteado por: Contrapunto digital | junio 19, 2012

Aterrizaje forzoso

¡Se cayó un avión! La frase aducida por el chofer del jeep bastó para clavarme en el techo del vehículo. Lo dudé; sí, porque en ese momento todavía no me había traicionado el olfato periodístico.

Mas, como para convencerme, una cola de carros inundaba la carretera al estilo de un inusual embotellamiento.

-Deber ser un accidente, me atreví a balbucear en voz alta. Y como para desmentirme, a seguidas la voz de un agente del orden, casi pegada al oído del jeep, sirvió para exacerbar a la tripulación que me acompañaba y, por ende, a mi (des) información. “Se cayó un avión”, y aquella aseveración, reiterada en boca oficial, le puso la tapa al pomo de mis supuestos.

Sancti Spíritus es el Triángulo de las Bermudas, me dije. Pero, algo raro había en aquel panorama que auguraba ser la noticia del día: la aeronave inmensa pavoneándose sin rasgaduras evidentes por medio dela CarreteraCentral, en plena Rotonda espirituana; los niños felices viendo el espectáculo –lo único que le faltaban eran las pañoletas en las manos para vitorearlo-; los edificios enhiestos, imperturbables; nada de llamas; nada de muertos; nada de heridos… lo más sospechoso eran las ambulancias apostadas, por si acaso, y el carro de los bomberos y la motorizada y la grúa que intentaba hacer caminar a aquella mole.

Enseguida dentro del vehículo se sucedieron las más inverosímiles suposiciones, que si había aterrizado en medio dela Rotondapor el tatuaje de las gomas en la hierba; que si había largado un ala y la cola; que si ya habían sofocado el incendio…

El cubano es novelero per se, pero era demasiado absurdo pensar que todos se equivocaban: “Míralo, ahí, que más quieres”, aducían mis co-tripulantes.

No titubeé entonces y móvil en mano puse en pie de guerra al Escambray. Cobertura de lujo: avezado reportero, improvisada fotógrafa y un chofer de puntería a cazar lo que auguraba ser el palo periodístico.

A orillas de la ciudad, el carro chirrió gomas para interceptar a la nave.La Korda moderna, descalza y cual paparazzi, burlaba el cerco policial para lograr inéditas instantáneas: que si una donde se vea la nariz del avión destrozada, que las alas hechas tierra, que si una foto de los heridos y qué va eso sí no puedo verlo… A lo lejos, y a tientas, el reportero estrella de Bacuino –como lo bautizara una colega-haría tal vez la primera pregunta ingenua en sus más de dos décadas en las lides periodísticas.

-¿Hubo muertos?, inquirió.

Por encima del uniforme, como suelen mirar los policías, aquel agente del orden casi lo aprehende por desacato, por las continuas interrogantes de ese medio metro demente que seguía insistiendo.

-¿Se reportan muchos daños? ¿Las personas están a salvo? Mire, somos periodistas del periódico.

Solo entonces el hombre lo sacó de tal desvarío:

-¿Qué accidente? Este avión no cayó del cielo, se está trasladando para hacer un restaurante en el pueblo.

Posteado por: Contrapunto digital | mayo 4, 2012

Gajes del oficio

 “Soy una aprendiz”, me dije al cabo de los cuatro años, nueve meses y 15 días de graduada. Me lo repetí desde que asumí aquel tema editorial, sin haber puesto nunca los pies en las narices de un central, solo por la presunción mía de pensar siempre en comentarios. Y volví a creerlo, y a convencerme de mi impericia, cuando supe que debía compartir los avatares de tamaña investigación con un avezado reportero de talla nacional –y esa fue mi suerte, lo reconozco-.

Entonces volví a estar de prácticas pre-profesionales –porque con su experiencia, acentuada por la calvicie, y mi juventud nadie creyó que ostentara título alguno-. Me sometí a escuchar, a andar como Sancho Panza, a sostener la agenda y a anotar toda aquella sarta de lagunas de oxidación, de desechos y de reguladores, que me desvelaron por más de una noche, y a inquirir alguna que otra pregunta, que más bien venía a subsanar los olvidos (in) voluntarios de mi tutor.

Por esos días me convertí en una especie de apéndice suyo para luego tener que sortear la similitud de unas respuestas que no debían contradecirse, pese a las fabulaciones de ambos; las descripciones de un lugar que para uno podía tener hedor y para el otro la más común de las pestes –aunque ninguno de los dos conseguimos obviar la palabra-, y hasta rifarnos, sin decirlo, las frases de los entrevistados para evadir cualquier síndrome de informismo.

Resistí estoicamente, aunque ganas no me faltaron, a leer aquel reportaje garcíamarquiano que se escribía a solo una puerta de mí, solo por el hecho de no ser acusada de plagio, pues nadie se atrevería a creer lo contrario pese a su renombrada experiencia en fusilamiento de textos. No obstante, a la larga sobrevinieron, inevitablemente, varias coincidencias.

Pero, a esa suerte de Tom Wolfe a quien acompañaba no le bastaron sus dotes azuzados luego de más de 20 años de ejercicio profesional y para sorprenderme –solo por la ausencia del fotógrafo titular, claro- se vistió de Korda, diseccionó las lagunas en todos los planos y contraplanos posibles, se las agenció para lograr una imagen poética, incluso, de un chorro de agua –que no sé en este momento si era provocado por una motobomba o una turbina- y hasta intentó sumergirse –a no ser por el mosto- en una de aquellas represas para complacer el capricho común de ver las torres del ingenio a las espaldas de esos lagos de desechos.

A la vuelta, la agenda repleta de datos, las fuentes accesibles y sin secretismo, las fotos… bueno, estoy obligada a decir que son excelentes. Al parecer, una cobertura sin contratiempos. Mas, solo una escaramuza lastró nuestras peripecias: en lugar de periodistas regresó un par de mofetas, que a juzgar por sus hedores nadie dudó de que traíamos el mosto pegado mucho más que en la ropa. Ante tal repulsión colectiva no nos quedó más remedio que seguir cargando el uno con el otro, porque, como suele suceder, quien trae la peste encima es el único que no la advierte.

No me hicieron falta entonces las explicaciones de la mañana para confirmar que la vinaza es uno de los desechos más peligrosos del mundo; por lo menos así hiede. Solo el olor y aquella experiencia me bastaron para repetirme -a los cuatro años, nueve meses y 15 días de graduada- que me falta bastante por aprender. Pero, mucho más que aquel reportaje con costuras y deshilados, disfruté de la hojarasca que hoy me atrevo a narrar, y a compartir, a riesgo de quedar excedente –como me advirtieron- cuando le ponga punto final a este post.

Posteado por: Contrapunto digital | abril 24, 2012

Otras Flores

  Tengo dos amigas. O no, me equivoco, son más –   para que ninguna se me ponga celosa-, pero a dos de ellas les ajustan estas líneas. Les escribo por equidistantes y divergentes. Si no fuera porque una me adoptó como hija, desde hace casi cinco años, y a la otra la asumí como una de las hermanas que nunca tuve, pudiera asegurar que entre ellas también existe ese parentesco filial.

Y es que se me confunden demasiado, llegan a padecer, incluso, las mismas patologías: una ha estado a punto de contraer hastala Influenza o la mononucleosis infecciosa (denominada comúnmente la enfermedad del beso), pues saluda a todos, aunque no sea correspondida, a miles de kilómetros de distancia; y la otra –pese a que lo disimule con más acierto- pensando reconocer a alguien puede lanzarse a los brazos de los desconocidos en medio de una concurrida parada. En definitiva, las dos padecen la Caricariencia, traducida al argot popular como excesivas muestras de cariño para con sus semejantes.

Mi madre adoptiva casi ha llegado a ser canonizada como la Madre María Teresa de Calcuta y mi hermana –solo de lazos afectivos que me he atribuido-, aunque tiene un buen corazón, no llega a tanto, porque según ella misma afirma: “Sabe dar patadas con dulzura”.

En ese paralelismo se rozan, incluso, en su devoción por las largas distancias. Náufragas ambas de Yutonges pudieran escribir un libro con sus crónicas de viaje. Mi progenitora ha llegado a ser confidente –y también confesada, pues no se resiste a mantener en secreto sus controversias interprovinciales y su experiencia marital sobre ruedas- de cuanto viajero le ha tocado en el asiento contiguo, al punto de llorar y sufrir por los desamores de otros, los infortunios y hasta por los altibajos de la libreta de abastecimiento.

La otra, en cambio, no comparte sus intimidades, pero puede preguntar a voz en cuello en medio de cualquier guagua: ¿A quién se le perdió este billete de 50? y regalárselo al primero que levante la mano.

No obstante, en lo que más se asemejan es en la potencia estomacal: ambas pueden degustar, felices, el más feroz picadillo de huevo de toro como si disfrutaran de un suculento bistec de mummm… puerco y hasta disputarse las sobras de uno que otro comensal.

De seguro, pudiera enumerar otras coincidencias, como la inscripción en el club de mis Flores, el compartir hasta la misma casa –una on line y la otra casi como copropietaria- y el soportarme durante ocho horas, que es demasiado.  Mas, ni ellas mismas sospechan tantas similitudes y de seguir hurgando en esos caracteres me atrevería a desafiar hasta a Freud con las revelaciones de tal estudio personológico.

Pero, sin dudas, se parecen. Es más, podría apostar que si descubren este post –y no precisamente un día melancólico como hoy cuando a estas alturas del mes el salario ya es historia-, puede que lloren.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 30, 2012

Regreso

  Me lo imagino enfundado en una de sus camisas, con su rostro enjuto luego de tantos pesares callados. Me lo imagino tarareando, entre-dientes, El necio y sin creer la certeza de ese retorno con restricciones, aun antes de poner un pie en la escalerilla del avión.

No lo dudo, ya lo había ensayado desde antes y lo había repasado –sin quererlo, como se sueñan las utopías- tras el más cruel de los confinamientos. Meses atrás la libertad dejó de ser una quimera ansiada entre rejas y solo en aquel momento pudo tener, sin ataduras, el abrazo postergado de los suyos. Entonces lo conocí de veras, no como el héroe dibujado en las pancartas, de sonrisa mustia –aunque lo disimule- ; por vez primera lo vi de carne y hueso y pude aquilatar su hondura de padre tierno, de hijo amoroso, hermano preocupado, jodedor empedernido y hasta de esposo fiel.

Por eso hoy, cuando el Noticiero del Mediodía anunciaba su regreso a la isla, no pude menos que pensar en el René hombre y en todos esos sentimientos que de seguro se le estrujan en el alma, a despecho de hipertensiones. Pensé en su familia, en su hermano para quien no habrá, tal vez, otra posibilidad de reencuentro y también pensé en Olga, que de seguro todavía lo recuerda en short y pulóver en la sala de la casa con la misma alegría de hace trece años.

Y me lo imaginé ahí, parado al filo de las emociones sin tener que reprimir ni las lágrimas, sin tener que endilgarse una sonrisa para despistar las soledades de la prisión. Nunca antes lo vi de esa manera, por eso hoy, en ese instante en que las noticias lo traían de vuelta –todavía sin imágenes- no pude evitar ese escalofrío en el espinazo y supe que es mejor figurármelo así, de cuerpo entero, tocando el suelo de La Habana, antes de tener que imaginarlo con un pie en la escalerilla, otra vez, soportando el obligado regreso.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 5, 2012

Viajar

  No he viajado mucho –isla adentro, me refiero-. Me faltan por conocer aún ciudades tan atrayentes como Holguín, Baracoa, Gibara, Las Tunas, Pinar del Río, la Isla de la Juventud…A otros lugares los incluyo en mi lista solo por haber estado de pasada en algunas de sus calles, aunque se me confundan en la memoria al punto de no distinguir, a veces, si vi un gallo sin plumas y cacareando en Bayamo o arenas negras en Cienfuegos.

Pero viajar, incluso en tramos cortos y dentro de las fronteras nacionales, supone un ejercicio cotidiano de audacia y hasta puede convertirse en una reñida prueba de aptitud. Para arriesgarte a andar sobre ruedas prestadas –sí, porque los conductores suelen ser daltónicos y por eso lo azul lo ven amarillo- debes avituallarte de poses y astucias a la hora de pedir botella, que tiene sus reglas y sus ganchos probados: ser joven; tener un cuerpo respetable, o al menos carisma; un vestuario acorde a hojas de ruta y gustos de los choferes; y si ninguna de estas aptitudes te acompaña, solo queda encomendarte a manos de la suerte –que suele ser loca y a veces ni tocarte-.

Si por casualidad optas por el transporte particular de pasajeros además de tener una cuenta jugosa, al menos en el Banco Popular de Ahorro o en una alcancía, debes acopiar mucha paciencia y tolerancia: puedes llevar en tus espaldas la mochila del que está del otro lado del pasillo, compartes el sudor del otro, fumas aunque nunca te hayas llevado un cigarrillo a la boca, te enteras de los enredos de los demás y hasta de la promiscuidad de algunos –aunque para hablar de tales historias de viaje tengo una amiga que es la voz más autorizada-, pero mirándolo de esa manera, y solo de esa manera, la olla de presión, que son dichos camiones, constituyen una de las muestras más espontáneas de solidaridad.

Mas, si para no desangrar tu bolsillo todos los días, todas las semanas, los meses, los años… decides compartir travesía en los denominados carros de transporte obrero entonces sí pierdes la dignidad por un peso. De pronto, y sin explicaciones, quedas disponible, pues de trabajador pasas a ser un simple haragán. El cartel en la pared te lo restriega sin remordimientos: “Los asientos solo para empleados” y si aún lo pones en duda, alguien con una dulcísima voz te grita al oído: “Oye, dejen de hacerse los suecos, ¿y mi asiento?” Otros, hasta llegan a probar ciertas metáforas, para que el levantón sea menos agrio: “Asientos que hablan; paticas que caminan”.

La propiedad sobre las sillas no entiende de edades ni sexos. No importa que el trabajador pueda aparentar un fisiculturista y usted esté más descomido que un Aedes aegypti, el asiento es de él o ¿no lo entiende? Por eso al final de cada jornada otra duda le ronda los ánimos: ¿Si no soy trabajador, qué soy?

Ante tal panorama, con tantas incertidumbres a cuestas y mientras continúen ariscos los precios y las Yutongs, tendré que seguir postergando las rutas desconocidas. A este paso, definitivamente, no he viajado ni viajaré mucho.

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