Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 21, 2018

La libreta de nunca acabar

libreta

Increíblemente, aquella mañana había resuelto todo. De Cabaiguán, había llegado sin mayores tropiezos a la consulta de Ortopedia, del Hospital Pediátrico Provincial, y sin largas esperas logró ver al médico y salir con la receta para los necesarios zapatos ortopédicos de su hijo.

Le habían dicho —aunque no lo creyó totalmente— que el resto del procedimiento era simple: ir al Taller Provincial de Ortopedia, presentar la receta y, si había materia prima, mandar a hacer los zapatos.

Con cierta incertidumbre se paró en la puerta del taller. Lo que le faltaba para agudizar su sorpresa fue hallarse un salón vacío, sin cola; una recepcionista que no hablaba por teléfono y que enseguida la atendió; y la confirmación de que no existían inconvenientes para satisfacer su pedido.

Demasiada prontitud, demasiados “sí” como respuesta, demasiada ausencia de peloteo como para ser cierto. Sin librarse aún del escepticismo interpeló a aquella mujer detrás del buró.

—Buenos días, mire, para mandar a hacer unos zapatos.

—Sí, cómo no —respondió su interlocutora casi arrancándole la receta de las manos—.

— ¿Hay material?

Sí, claro.

—¿Habrán calzos o números suficientes? Es que mi niño tiene dos años y pico y…

Cuando intentaba dar razones, quizás para hallar algún argumento que desatara alguna traba —tan acostumbrados como estamos a que no falten zancadillas en el camino—, la señora aquella la interrumpió.

—Mija, hay de todos los números. Es más, ¿de qué color los quieres?

Imposible. Que pudiera mandarlos a hacer al momento ya era para inquietarse y que pudiera hasta elegir un color era para creer que la estaban timando.

— ¿Tiene todos los papeles?, le espetó la mujer.

Y los tenía: la receta médica, la tarjeta de menor del niño y si era necesario hasta las radiografías del infante, los últimos análisis, la historia clínica…

Solo entonces aquella afirmación la trajo de vuelta a la vida real.

—Ah, no, te faltan… ¿Y la libreta de abastecimiento?

Tenía que ser una broma. La mujer aquella debía saber que el médico había dicho que bastaba su receta y su cuño, que normalmente uno no andaba —a no ser Pánfilo— con la libreta en el bolso si no iba a comprar los mandados, que ella vivía en Cabaiguán y, en caso de que la señora no transara, no podía traérsela de inmediato, que la libreta tampoco era un documento legal de identificación.

A esas alturas ya le había explicado cada una de esas razones y, acaso, hasta había puesto en trance a la recepcionista al preguntarle qué debía atestiguar la libreta como para exigirla con tanta vehemencia y que, en última instancia, dónde marcaría “zapatos ortopédicos” si eso jamás había venido por la cuota.

Tantas explicaciones sirvieron, más que para convencer a la señora, para desatar una sarta de inconformidades sentadas, como ella, durante años detrás de aquel buró: que sí, que el procedimiento establecía que sin la libreta no había arreglo, que los médicos lo sabían, que tenían la mala costumbre los galenos de no decírselo a los pacientes, que si el espacio en blanco en la llevada y traída cartilla lo buscaba ella, que se sabía todo eso de sobra…

Pasmada ante tales sinrazones, aún la madre cabaiguanense tuvo paciencia para intentar sacar a la aludida de tal desvarío y hasta la espoleó con aquella observación.

— Solo por saber…, dígame a cuántas personas al día usted vira para atrás porque no trae la libreta.

Al mascullo casi imperceptible de los dientes solo le siguió una respuesta, tan estática como las otras:

—Lo siento, mima, pero sin libreta no hay zapatos.

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Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 13, 2018

Impunidad por cuenta propia

Frenó en seco, como para azuzar más a aquella cola kilométrica. En las narices mismas del molote el almendrón aquel se parqueó y abrió las cuatro puertas para esperar la avalancha de pasajeros. Sí, porque era una tromba de gente, de esas que se arman a las tres y tanto de la tarde —o a cualquier hora ya— en la esquina aledaña al Hospital Provincial donde se suele escuchar inconfundiblemente el llamado repetitivo: máquinas a Cabaiguán, Zaza…

Esa tarde había clasificado entre los primeros seis pasajeros —que dicen los boteros que caben en una máquina aunque lleves la palanca entre las piernas o tengas que ir con media nalga encima del que está a tu lado, no importa—. Ya dentro y apretados todos, con los 10 pesos en la mano, como suelen cobrar por los 17 kilómetros que separan a la cabecera provincial de Cabaiguán, se le escuchó decir al chofer:

—Yo cobro 15 pesos.

Y la gente atónita y sacando luego, como por pena o estupefacción, los cinco pesos que faltaban. Fue un catalizador. De golpe se me subieron las inconformidades todas: que si 10 pesos, que no gano yo en una jornada, le parecían poco al chofer aquel; que si había que pagarle el petróleo, las piezas de repuesto y hasta la libra de bistec que se come; que si mañana otro podía llegar y decir así, porque le daba la gana, yo cobro 20 y había que pagarle también; que si de nada valía saber que montar en almendrón es casi un lujo para muchos.

— ¿Es una nueva tarifa que comenzó ahora mismo o lo cobra usted por que sí?—  riposté, a sabiendas de que los boteros cuando quieren no entienden de ironías y que estaba acelerando la soberbia del conductor.

—No, es que yo tengo aire acondicionado.

— ¿Y hay que pagarle también eso porque nos lleve sin calor y como sardinas?

—Bueno, lo cobro y ya, si no te sirve…

Me bajé. Más por orgullo que por no tener los cinco pesos de más en mi cartera. Maldita lengua larga la mía, maldita profesión esta que te vuelve tan contestataria, maldita costumbre de todos de bajar la cabeza casi siempre.

De vuelta en la punta de aquella cola pensé entonces lo que ya había sufrido, y escrito, muchas veces: los consumidores siempre están desarmados.

¿Había algún inspector en la esquina para contrarrestar tales desmanes? ¿A qué autoridad podía acudir yo inmediatamente para denunciar tal barbarie —puede parecer irrisorio, pero de cinco pesos en cinco pesos se engordan las arcas particulares—? ¿Acaso aquel feudo de almendrones tenía algún obsoleto libro de quejas y sugerencias?

Ni porque exista una nueva ley que proteja a los consumidores, ni porque se haya reformulado el trabajo por cuenta propia y a partir de diciembre, supuestamente, hasta se experimente venderle legalmente y más barato el litro de combustible acabará esa omnipotencia que les ha otorgado la libertina ley de oferta y demanda.

Porque se sabe —desde los viajeros y los inspectores hasta las autoridades gubernamentales— nada, hasta hoy, ha impedido que la soga reviente, casi siempre, por el lado del cliente.

Es el libre albedrío. Tanto que a las seis de la tarde hasta cualquier camión particular suele pasar por la parada y cobrar 10 pesos, con el pretexto de que los carros estatales escasean o porque saben que a esa horas la desesperación empieza a acrecentarse.

No es el único ejemplo. Lo mismo sucede para Jatibonico que para Trinidad —en este caso un pasaje en almendrón se ha cotizado hasta en casi 100 pesos—.  Y no hay chofer que se escandalice al exigirlo ni inspector que le ponga freno.

Sucede, porque el transporte privado ha venido a ser la curita irremediable para la escasez de medios estatales o, más bien, porque quienes andan al volante se saben infalibles.

Y no es para conformarse. Al menos a mí, que de vez en vez tengo que desembolsar 10 pesos hasta en días de menos apuro, me resulta inadmisible. No es únicamente por el dinero —aunque determina, lo reconozco—; lo que realmente me indigna es que la impunidad siga viajando por cuenta propia.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 23, 2018

Lo primero es que tengo vida

“Yo no vi el camión hasta que me fue para arriba. Lo único que vi fue una luz inmensa que venía para arriba de mí”, rememora ahora, como quien quisiera olvidar, José Damián Hernández Fonte, el chofer de la guagua Transtur accidentada, en Cabaiguán, el pasado lunes.

Aún acostado allí, en la cama 19 de la sala de Ortopedia del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, donde se siente a salvo, no ha podido desprenderse ni de la incandescencia.

“Por mucho que traté de tirarme hacia abajo no me dio tiempo a zafarme del camión. En el poco tiempo que tuve no pensé más nada que en separar la guagua lo más posible del camión sin dejar de tener en cuenta que cualquier decisión que hubiese podido tomar hubiese podido poner en peligro la vida de mis compañeros”.

Y en ráfaga llegan, caprichosos, los recuerdos que no se apartan ni cuando duerme: la tirada ex profeso hacia el pasillo de la guagua para huirle a aquella mole de hierro que se le venía encima y el pie izquierdo enterrado bajo el cloche, sin remedio; los compañeros intentando salir en estampida; los vidrios todos y el hombre aquel que se quedó a su lado para ponerle una toalla en la cabeza e intentar contener la sangre.

“Estuve consciente todo el tiempo. Leonel —el cirujano que me atendió desde ese mismo momento— me prestó los primeros auxilios, llamó enseguida a las ambulancias y a los bomberos, me hizo el torniquete en la pierna con mi corbata, porque yo estaba atrapado”.

Fueron horas de batallar con los dolores todos, con las zozobras de si podían separar aquel pedazo de camión incrustado en la guagua, con la preocupación de mantener a salvo hasta los documentos del ómnibus —“Soy muy organizado, esos papeles hablan de mi trabajo”, me aclara—, con los temores, tan humanos, de si salía con vida.

“Vi el pie desbaratado y no hubiera querido ver eso, confiesa. Había botado mucha sangre y llegó el momento en que lo único que tenía era mucho, mucho frío. Temblaba y temblaba. Lograron sacar el asiento pero no podían sacarme a mí. Hasta que llegaron los rescatistas con la bomba hidráulica, pero no podían sacarme por la puerta y lo lograron hacer por la ventanilla”.

Lo demás fue el zumbido incontenible de la ambulancia y la llegada a un hospital donde lo aguardaba desde antes un enjambre de batas blancas.

“Todo fue muy rápido. Cuando llegué fue una atención espectacular. Me hicieron la pleurotomía, la tomografía, me entraron al salón… No me he podido quejar, los médicos me han dado mucha confianza y no tengo cómo agradecerle a Sancti Spíritus, al Hospital y a mis compañeros y a los de la Empresa Eléctrica que han tenido una atención como si fuera parte de su familia”.

Acostado en aquella cama de hospital, quien lo ve solo advierte una costura verduzca en la frente, unos puntos rojizos y dispersos por la cara y los brazos, una especie de D que un rasguño azaroso ha dejado tatuado en el antebrazo derecho —y lo descubre la tía para recalcar que es tan solo una señal de Dios para advertirle que nunca lo ha abandonado—, y una sábana florida que cubre pudorosamente la amputación de parte de su pierna izquierda. No son las únicas cicatrices.

“Mis compañeros vienen y me alientan y me dicen que voy a poder volver a manejar; es muy poco tiempo, esa impresión no puedo quitarla de mi cabeza. Lo primero es que tengo vida y que puedo disfrutarla con mi familia”.

Por eso el próximo lunes 26 de marzo cuando los hijos, la esposa y la familia toda y los amigos invadan el hospital espirituano, como ya han anunciado, para festejarle el cumpleaños 42 a José Damián, se me antoja pensar que hará tan solo una semana que volvió a nacer.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 20, 2018

No fui un héroe

No lo pensó dos veces: al sentir el frenazo inesperado del camión que le precedía y al ver a aquel hombre en medio de la carretera pidiendo auxilio, se lanzó del motor y empezó a correr hacia los gritos.

Eran las 6: 30 de la mañana del pasado lunes, aproximadamente cinco minutos antes en las cercanías del Hospital Psiquiátrico Provincial, en Cabaiguán, acababan de chocar un camión —que viajaba de Fomento a Sancti Spíritus— y una guagua Transtur que hacía el recorrido desde la cabecera provincial a Cabaiguán.

“No se veía nada —confiesa el doctor Leonel Albiza Sotomayor, especialista de primer grado en Cirugía General—. Lo único claro eran el brillo de los cristales en el piso y le gente que se acercaba pidiendo ayuda. Me subí a la yutong, pero no tenía ni cómo verles la cara a los pacientes solo veía si respiraban o no y entonces empecé a tomarle el pulso a los que podía y a decirles que bajaran de la guagua y se fueran acostando al lado de la carretera”.

Y la gente saliendo entonces de tres en tres por los añicos de ventanillas que quedaban y la oscuridad de la madrugada abalanzándose también sobre los miedos y el chofer con la pierna izquierda atrapada debajo de los pedales…

“Oye, llama al 104 y tú, al 106”. Fue la primera recomendación que se le escuchó dar al doctor a aquellos dos hombres que a tras luz parecían menos dañados en el siniestro. Solo entonces se supo, cuando la voz de los paramédicos se oyó del otro lado del auricular: es un accidente masivo.

“Le tomé el pulso al chofer de la guagua y vi que respiraba y ventilaba y empecé a pedir algo para hacerle un torniquete y así contener el sangramiento de la pierna. Me dieron un pulóver elastizado que no servía y entonces el chofer me dijo que tenía una corbata en el asiento de atrás y con eso le hice el torniquete. Eran las 6: 45 am, lo sé porque fue la única vez que miré el reloj para saber el tiempo de isquemia de la pierna”.

Luego, solo se escucharon, como en concierto, las sirenas in crescendo de las ambulancias; el corre-corre de los enfermeros del Psiquiátrico trayendo bránulas, sueros, esparadrapo…; el rugido de las mangueras de los bomberos con aquel baño de espuma para contener explosiones; las manos solidarias que llegaban sin avisos para socorrer.

“Con la ayuda de Mario, un residente de Terapia Intensiva, de Liam Daniel, especialista de Medicina General Integral, y de un paramédico canalizamos dos venas al hombre y empezamos a pasarle volumen. Hubo que pedir sangre al Banco de sangre de Cabaiguán, que enseguida llegó, y se le pasaron 6 litros de líquido.

“Los sueros los colgamos, al principio, en los ganchos que quedaban para tapar el sol del parabrisas de la guagua y bajamos a atender al chofer del camión. Se logró intubar en el mismo asiento, se le puso el desfibrilador, pero hizo paro en asistolia y, aunque se le puso epinefrina, falleció”.

Mientras los paramédicos evacuaban al resto de los heridos —que sumaron casi una treintena— se buscaban las alternativas posibles para despegar aquel buñuelo de camión que se hizo calcomanía con la guagua –o viceversa— y ninguna lo lograba.

“Había que sacar a aquel hombre de allí. Cada vez que halaban era riesgoso para él, podía hasta virarse la guagua, por lo que decidimos quedarnos todo el tiempo a su lado”.

¿A riesgo de la vida de ustedes?, pregunto sin poder contener el desconcierto.

“Lo más importante era salvar al paciente”. Tanto que ya se le había oído pedir al doctor, con esa empecinada determinación suya: “Tráiganme un set de amputación”. Si hubiese sido preciso en aquel instante la decisión no entendía de titubeos: la pierna a cambio de la vida.

Dicen que lo único que se le escuchaba recalcar al chofer, entre los gemidos de dolor que le sobrevenían a ratos, era que en el bolsillo de la camisa tenía la tarjeta de combustible, que en otro lugar estaban los papeles de la guagua, que el teléfono de la casa era…

Para cuando llegaron los rescatistas ya el chofer tenía mejor presión arterial, ya los sueros estaban goteando, ya el torniquete se había revisado una y mil veces. Un intento con aquella especie de tijera hidráulica que comenzó a inflarse y a separar los pedales de la pierna y un fallo y una caída más sobre el pie. Otra prueba y la pierna, por fin, libre.

“Se subió la camilla para arriba de los asientos. Se empezó a halar al hombre de forma oblicua, se le estabilizó el pie y se logró subir hasta por encima de los asientos, ponerlo en la camilla y luego sacarlo por la ventana”.

La ambulancia aguardando, el traslado de minutos hasta el Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, los médicos y enfermeros apostados a la espera, la pleurotomía de urgencia, las tomografías.

“A las 9: 15 am lo entregué al salón de operaciones. Fueron más o menos dos horas de atención prehospitalaria… dos largas horas”.

Y lo cuenta como quien no revela hechos extraordinarios, como si el hábito de lidiar día a día con la muerte le hiciese relegar heroicidades.

“Yo no hice nada, ni pude hacer el triage adecuado como exigen esos casos, fueron procederes de emergencia. Yo hice lo que hace cualquiera: contener la hemorragia y tratar de evacuar los casos lo más rápido posible. No fui un héroe”.

Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 13, 2017

Irma, el otro ciclón

No tengo propiedad periodística para hablar de Irma: no estuve en Yaguajay, uno de los lugares más afectados en la provincia, ni antes ni durante ni después del huracán; no visité ningún centro de evacuación; no participé en recorrido alguno con las máximas autoridades del territorio; no me acuartelé en Escambray —como tantas veces— para escribir minuto a minuto de los estragos del fenómeno meteorológico. Y reconocerlo me duele, por más que me hice la desentendida para disimular, quizás, la inevitable ausencia a una de las coberturas que más me apasiona.

Irma, al menos para mí, fue otro ciclón —igual de destructor y agónico—: el de inventar una y mil piruetas para aliviarle los días y las noches oscuros a una pequeña; el de abanicar incansablemente durante toda la madrugada; el de retozar hasta con el reflejo de la sombra en las paredes para ahuyentar temores infantiles; el de mantener el fogón encendido para calentar estómagos familiares y vecinos; el de jugar a la calma mientras el aullido del viento amenazaba con derribarlo todo; el de las sonrisas siempre, pese a las preocupaciones…

Este huracán no estuvo en mi agenda reporteril, fue, tan solo, un ciclón de barrio. Bastó asomarme a la puerta de la casa en la tarde del viernes para confirmar lo que ya presentía: un meteoro en Cuba es como un catarro común. Y no porque la gente se ría del peligro —que a veces sucede—, sino porque de tanto vivirlo se ha vuelto cotidiano.

De lo contrario lo desmentirían las recomendaciones de la vecina para que “la leche no se te corte, mija, ni con los apagones”, los sacos de arena en los techos de zinc, las recogidas en las placas, los pomos de agua puestos a congelar desde mucho antes, la carga a la laptop —según las previsiones paternas— para garantizar las canciones infantiles, los panes y las galletas, por si acaso…

Todo era sabido. Fue cuestión de que soplaran las primeras ráfagas para que la oscuridad se nos abalanzara también encima y comenzara a sentirse in crescendo un torrente de agua por todos lados. La única calma, cuando apenas la madrugada empezaba a ser sacudida por Irma, llegó desde la cuna: ¿Ma?

“No es nada, titi” —le dije— y sobrevino entonces el otro huracán: el de lidiar con unos ojitos desorbitados mientras las matas cedían sin remedio a los deseos del viento, el de enseñarle que la luz también es una lámpara recargable y una vela, el de beber agua al tiempo aunque fuese salida del refrigerador, el de hacer del pasillo de casa la mejor de las autopistas para montar la ardilla velocípedo.

Nunca antes estuve ex profeso tan desconectada del mundo. Ni partes meteorológicos para precisar posible trayectoria, ni el susto de la información exacta del momento en que tocó tierra espirituana, ni el aguacero encima durante la caza de las historias de vida.

Porque en un huracán de cuadra no sabes nada a ciencia cierta, todo son suposiciones. O sí, intuyes que lo tienes cerca cuando la mata de mango del patio vecino se desploma tras el mayor de los estruendos y la calle se te vuelve un mar en tus narices. O sí, supones que se aleja cuando la vecina grita con toda certeza: “Irma anda por casa del c… ya; oye que está tronando y eso quiere decir que acabó el temporal. Dicen que ya va puri pa arriba”.

Y no son puros rumores. Lo confirmas, con la esperanza más pegada que la humedad que te rodea, al ver que de lluvia va pasando a llovizna; de silencio a algarabía comunal; de sombras a luz.

En un ciclón de barrio no hay premuras de cierre ni datos oficiales; solo hay cuchicheos de vecinos, platos de comida que desafían lluvias de un portal a otro, techos ajenos que cobijan. Y cuando tienes que vivirlo —aunque añores estar en el ojo mismo de la noticia— lo agradeces, porque, a la postre, también se pueden contar historias.

Posteado por: Contrapunto digital | febrero 8, 2017

Vivir para contarla

caida1Es incierto, cuando uno está por caer de más de dos metros de altura no ve ningún túnel ni le pasa la vida toda por delante. Son apenas fracciones de segundo. Por lo menos a mí, con el pie en el último peldaño de la escalera y las palanganas de ropa tambaleándose en mis manos, solo me dio tiempo a asirme a una imagen: Lauren.

Bastó otro desequilibrio para presentirlo, quizás, y decirme: ¡Ay, Dios mío, no me puedo caer! Fue solo una premonición; en instantes la certeza: el pie resbaladizo, los pañales en el aire, una o mil vueltas y el cuerpo todo cediendo a la gravedad sin remedio.

Y apenas sentir los primeros dolores. No hubo peor estremecimiento que el llanto asustadizo desde el cuarto. Entonces no importan los golpes, sin saber cómo te incorporas y caminas y al pie de la cuna desenfundas la mejor de las sonrisas –aunque tal vez sea la más dolorosa- y aseguras: “No pasó nada, mi princesa, mamá está aquí”.

Luego sobrevienen, cuando alguien más cuerdo que tú te auxilia, los quebrantos: que si un chichón en la cabeza, que si un dedo negro, que si un trastazo inmenso en la espalda, que si un rasguño en el pie… Del otro lado de la línea telefónica la voz del padre médico conmina a rayos X y exámenes y tú que no, que no es nada.

Acostada en la camilla del hospital todavía piensas, por esa fuerza inexplicable que te ha atribuido la maternidad, que son solo aspavientos. Y mientras los doctores hablan de hematomas renales, de tomografías de cráneo, de desgarraduras de tendones, de hospitalización y de reposo lo único que te preocupa es que hace varios días tu pequeña anda inapetente y que la leche materna ha sido su sustento.

De golpe llegan las angustias todas y los desasosiegos porque sabes que irremediablemente será la primera vez, en ocho meses y pico, que no estarás para acurrucar a tu niña en la noche. Los minutos son horas sin ella e imposibilitada de ambas manos no encuentras mejor consuelo que enloquecer a quien te cuida para que a cada instante te acerque el teléfono y así escuchar a la abuela decir que no te preocupes, que la niña duerme y come y que todo anda bien.

Lo confirmas una vez más: nada tiene sentido sin ella. Solo por eso te quedas inmóvil encima de la cama, como te mandan; te resignas a no poder cargarla en días y a acariciarla solo cuando acostada a tu lado se te hace un ovillo para mamar; pero, gracias a dios, has podido estar de nuevo con ella. Y no hay mejor alivio que su sonrisa ni mayor tranquilidad que oír ya en casa ese balbuceo que llega en torrente de cura: ma-má.

Cuando caes de más de dos metros de altura y aún tirada en el piso escuchas romper un llanto desde la cuna, se desvanecen todos los miedos y entonces sabes que lo único que puedes hacer es sacudirte y levantarte… y vivir.

Posteado por: Contrapunto digital | noviembre 28, 2016

El Fidel de mi abuela

fidel1-Se murió Fidel- me espetó mi madre al amanecer del sábado aún con la sorpresa rondándole las palabras.

-¿Qué Fidel?- pregunté intentando adivinar qué conocido sería.

-Fidel Castro- respondió.

Enmudecí de incredulidad, quizás porque inconscientemente desde siempre supuse a Fidel inmortal. Y pensé en mi abuela, no porque a sus 97 años le alcance la lucidez para saber de su muerte, sino porque ella toda una vida ha sido tan fidelista como revolucionaria –y eso es mucho decir-.

Meses atrás cuando la mente comenzó a nublársele aún tuvo la sensatez de pedirle a mi madre: “No saques nunca ese retrato de la sala”, le dijo parada frente al cuadro que durante tantos años ha mostrado a un Fidel caminando al lado del Che. Jamás le pregunté cómo llegó a sus manos, pero yo lo conocí por esa foto, primero; y luego por las evocaciones de ella.

Desde entonces lo supe guerrillero, comandante, invencible… Así me lo figuraba mi abuela en aquellas tardes de charlas sentadas en el portal de la casa mientras ella me contaba de cuando aquel vecino le confirmó que la Revolución había triunfado y que Fidel venía en la caravana por toda Cuba. O de los días de Girón que la hicieron salir para la casa de la vecina con el credo en la boca a aferrarse a las noticias salidas del único radio del vecindario. Lo lloró de alegría al saberlo vivo.

“A Fidel no le va a pasar nada nunca”, me recalcaba siempre. “Escríbelo, que un viejito me dijo a mí que un día sentado en la cabecera de la mesa de su casa, mientras miraba el campo de cañas él vio alzarse la bandera cubana por encima de las del resto de las naciones y me lo aseguró: Celia, Fidel va a triunfar en todo”.

Y no fue solo puro misticismo. Acaso por eso ella no se intranquilizó ni cuando Fidel anunciaba el cese de sus funciones como presidente. Entonces no amanecimos en mi casa sentados frente al televisor para escuchar de punta a cabo cada uno de sus discursos –aunque a veces yo protestara si era en horario de los muñes-; desde ese día mi abuela empezó a recortar una a una sus Reflexiones.

Dejé de verlo yo también, porque prefería seguirlo imaginando enfundado de verde olivo a mirarlo envejecer. Pese a las arrugas, mi Fidel –el de mi abuela- seguía siendo el hombre esbelto y de barba espesa, capaz de estremecer al mundo con la fuerza de sus palabras.

Mas, lo sabíamos allí, escribiendo incansablemente, luciendo el mono deportivo que sustituyó el traje de Comandante, recibiendo personalidades de todo el mundo como de vez en vez lo mostraban las fotografías. Y nos acostumbramos a ese Fidel omnipresente.

“Ves, son rumores. Fidel está vivo”, decía mi abuela cada vez que una ausencia prolongada de las cámaras intentaba presagiar su deceso, pues ella esperó noticias suyas siempre.

A estas alturas puede que mi abuela no sepa –o quizás ya no recuerde- que Fidel murió; mejor así, hay dolores demasiado hondos para sobrellevarlos a los 97 años.

Prefiero que se quede con la gratitud: “Si Fidel no existiera ni tú hubieses podido estudiar. Mira que de mis hijos solo tu mamá pudo hacerlo y eso porque triunfó la Revolución, si no hubiéramos seguido viviendo como gusano en palo podrido”, repetía.

Ahora que las imágenes muestran un luto sobrecogedor y el retrato de un Fidel de pie con la mochila al hombro, como quien vuelve a emprender viaje, vuelvo a pensar en mi abuela. De seguro su tributo sería el de evocarlo todos los días como el guerrillero invencible de sus recuerdos. Y yo en este instante que el corazón anda a media asta, solo lamento que mi Lauren no lo conocerá siquiera por las remembranzas de mi abuela, pero habrá de hacerlo por la foto que de seguro seguirá colgando en la pared de la sala de mi casa.

Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 20, 2016

Papá cinco estrellas

20160908_212538Ella lo ama y no intenta disimularlo, o no quiere hacerlo. Ella lo ama tanto que no importó la cobija en aquella bolsa acuosa durante varios meses ni que las X se llevaran la delantera en el azaroso cruzamiento. El amor –o por lo menos el de ella- es también genético.

Quizás porque desde mucho antes de que lo conociera, él la amó primero. Fue un querer in crescendo el suyo: de un espermatozoide a un grano de frijol; de una silueta difusa en la pantalla del monitor a una pequeña que con el primer llanto también le arrancaría sus primeras lágrimas contenidas dentro de un quirófano.

Bastó que ella asomara la cabeza en aquel salón inundado de verde para enlazar amores. Sin apenas abrir los ojos ella lo supo entonces: al pie de la mesa quirúrgica estaba él esperándola como pocos han podido hacerlo en este mundo. Y comenzaron los enamoramientos recíprocos no solo porque confirmarían el inigualable parecido de ambos o porque en sus brazos calmó los primeros sollozos, sino –tal vez, supongo yo- porque el corazón, por tierno que sea, sabe olfatear amores puros.

Desde ese día de mayo ella lo confirmó su puerto seguro: con él todos los baños, los primeros pinchazos, las medicinas en jeringuillas, los paseos iniciáticos… Para retribuir tanta entrega ella solo lo complace: la risa en forma de beso cuando llega, los gorjeos más altos, los pipis más abundantes en su ropa…Y él feliz.

Tanto que hasta ha sido capaz de postergar estudios nocturnos para jugar con la oruga peluche encima de la cama, que ha aguantado sueños posguardia por tal de quedarse otro rato con ella en brazos, que se le empaña la mirada cada vez que una vacuna buena-mala hace subir fiebres.

Sucede todos los días de su vida, sin pausas, sin cansancios… Solo basta la voz en la puerta y la pregunta serpenteando la casa: ¿Dónde está la princesita de papá?, y en carcajada llega la respuesta.

Ella lo ama tanto que, con solo cuatro meses, en las noches de guardia los ojos se le pierden buscándolo debajo de la colcha. Ella lo sabe: el suyo es un papá único, cinco estrellas -como le dice mamá que por más que se encele de vez en vez también vive feliz de que ella lo quiera tanto-.

Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 9, 2016

Oficio de madre

lauren

Llegó sin avisos. Solo fue una sospecha callada ante el rechazo inesperado a los frijoles y una predilección desmedida por los plátanos maduros fritos. Primero fue incertidumbre, luego empezó a ser un grano de frijol plantado en mis entrañas según lo delineaban aquellas imágenes inentendibles de ultrasonidos.

Y desde entonces comenzaron los aprendizajes: que si ganancias de peso, que si prenatales, que si desprendimientos coreales, que si reposo absoluto, que si placenta previa… Sobrevendrían temores, preocupaciones, desvelos, alegrías.

El tiempo empezó a contarse en semanas hasta un día de mayo en que se le antojó provocar unas contracciones indoloras a modo de carta de presentación. Y nací otra vez, como si hasta entonces no hubiese vivido verdaderamente.

De poco valieron las advertencias de los ya experimentados. Bastó el primer llanto para desatar las ternuras todas. Aprendimos juntos –porque también hay un papá cinco estrellas-. Ella a intentar atrapar un pezón escurridizo y yo a aguantar los primeros tirones de sus labios; ella a mamar y yo a dejar que mis tetas empezaran a ser tan íntimamente públicas; ella a dormir de día y yo a desvelarme cada noche; ella a llorar y yo a adivinar cólicos; ella a hacer pipi y caca incansablemente y yo a lavar y a planchar como demente; ella a ser hija y yo madre…

Ya lo sabía desde antes, es un oficio eterno, multifacético; si no cómo entender que te vuelves adivina –puedes decir con la mayor certidumbre: ese llanto es de hambre y acertar-, artista, ama de casa, cantante, enfermera…

No lo lamentas jamás, aunque las ojeras amenacen con volverse crónicas, aunque te mires al espejo y a ratos te desconozcas, aunque el cansancio intente una y otra vez doblegarte. Pero nada más importa, a la corta los días se te van haciendo de mimos, gorjeos, risas, llantos, complicidades… Desde entonces algo mágico habita la casa y lo sabes.

Ser madre de estreno es la profesión más difícil del mundo, acaso porque te preocupas con el más mínimo de los sollozos –si eres tan loca como yo, claro está-, acaso porque te embobeces solo de descubrir que ya sabe virarse. Son los sobresaltos del amor, te dices a modo de excusas.

Nadie te lo enseña, pero es lo único que sabes: no hay más sosiego que su risa, no hay más descanso que su sueño tranquilo, no hay más tesoro que tenerla. Todo empieza en ella, todo late a su tempo, tanto que ahora mismo un llanto quedo desde la cuna coloca el punto final de estas líneas.

Posteado por: Contrapunto digital | agosto 5, 2014

Escríbeme una carta

Escríbeme una carta“Escríbeme una carta”, me dijo y no pude negarme, aunque Nereida no me había señalado ni con un puntero en el mapa, como solía hacer en sus clases de Geografía, dónde quedaba el Océano Pacífico; aunque la conocí de pasada, cuando había dejado el aula y ya vendía artesanías por cuenta propia.

Lo único que sabía de ella, más allá de ese saludo ocasional cuando nos cruzábamos en la acera, era su pose de pedagoga que trascendió en unas cuantas fotos con sus alumnos; que creía en Dios desde hacía mucho tiempo; que aquella muchacha flacucha con sus mismos ojos —esa que ahora se me plantaba delante con tamaña petición— era su hija y que, de un día a otro, a Nereida la había empezado a consumir un cáncer en el interior.

Por eso me helé aquella tarde; no porque nunca hubiese escrito una epístola, sino porque jamás había hilvanado palabras ante la angustia del dolor ajeno y porque increíble era que mi única conversación con esa muchacha —de mi misma complexión física y casi de mi misma edad— fuese aquel pedido desgarrador.

—Supe lo de tu mamá…, lo siento— balbuceé apenas.

—Fue… —respondió en un mal intento por acallar las lágrimas—. Necesito que me ayudes —pidió—. Escríbeme una carta para agradecer a Yania, la doctora, y a todas las enfermeras que lucharon por mi mamá durante estos cinco meses.

Tragué en seco para escuchar aquellas confesiones llegadas entre sollozos. Yo había visitado la Sala de Quimioterapia por intereses reporteriles, había entrevistado a Yania, la doctora, y a cada una de aquellas seños de verde de pies a cabeza que intentaban mitigar la revoltura de los citostáticos o aquel olor a muerte. Lo que no sabía entonces —hasta aquella angustiosa tarde— era que esa misma doctora había perdido a su madre con cáncer; que consiguió para Nereida —como para otros pacientes— medicamentos en otras provincias del país cuando aquí escaseaban y que esa madrugada también lloró desde el otro lado del auricular cuando confirmó lo que trató de evitar, pero ya sabía desde antes: “Mami murió”.

Y ahora yo debía escribir… sin sensiblerías, con la frialdad que suele colarse en una columna de un medio de prensa.

Vacilé, pero no podía negarme; acaso porque jamás me había esforzado por atender en ninguna de las clases de Nereida; porque tampoco le tendí la mano en aquellos días de dolor a no ser por medio de las recetas y las medicinas que algunas veces salieron de mi casa; porque nunca me atreví a visitarla ni antes ni después de que se le cayera el pelo —solo la vi una vez en el hospital cuando quizás ya no tenía ánimos para saludarme— y porque ahora era la única oportunidad de decirle que, a veces, las palabras son el único socorro para no pocos quebrantos.

Hubiera querido decirle que a la gratitud le quedan estrechas esas cuantas líneas y que un ejemplar entero del periódico no hubiesen bastado tampoco para ahogar la tristeza de Vivian, su muchacha de ojos saltones; pero eso es mejor que no lo sepa ni que lo lea, porque espero que en algún lugar de este mundo reciba esta otra carta.

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