Posteado por: Contrapunto digital | abril 24, 2012

Otras Flores

  Tengo dos amigas. O no, me equivoco, son más –   para que ninguna se me ponga celosa-, pero a dos de ellas les ajustan estas líneas. Les escribo por equidistantes y divergentes. Si no fuera porque una me adoptó como hija, desde hace casi cinco años, y a la otra la asumí como una de las hermanas que nunca tuve, pudiera asegurar que entre ellas también existe ese parentesco filial.

Y es que se me confunden demasiado, llegan a padecer, incluso, las mismas patologías: una ha estado a punto de contraer hastala Influenza o la mononucleosis infecciosa (denominada comúnmente la enfermedad del beso), pues saluda a todos, aunque no sea correspondida, a miles de kilómetros de distancia; y la otra –pese a que lo disimule con más acierto- pensando reconocer a alguien puede lanzarse a los brazos de los desconocidos en medio de una concurrida parada. En definitiva, las dos padecen la Caricariencia, traducida al argot popular como excesivas muestras de cariño para con sus semejantes.

Mi madre adoptiva casi ha llegado a ser canonizada como la Madre María Teresa de Calcuta y mi hermana –solo de lazos afectivos que me he atribuido-, aunque tiene un buen corazón, no llega a tanto, porque según ella misma afirma: “Sabe dar patadas con dulzura”.

En ese paralelismo se rozan, incluso, en su devoción por las largas distancias. Náufragas ambas de Yutonges pudieran escribir un libro con sus crónicas de viaje. Mi progenitora ha llegado a ser confidente –y también confesada, pues no se resiste a mantener en secreto sus controversias interprovinciales y su experiencia marital sobre ruedas- de cuanto viajero le ha tocado en el asiento contiguo, al punto de llorar y sufrir por los desamores de otros, los infortunios y hasta por los altibajos de la libreta de abastecimiento.

La otra, en cambio, no comparte sus intimidades, pero puede preguntar a voz en cuello en medio de cualquier guagua: ¿A quién se le perdió este billete de 50? y regalárselo al primero que levante la mano.

No obstante, en lo que más se asemejan es en la potencia estomacal: ambas pueden degustar, felices, el más feroz picadillo de huevo de toro como si disfrutaran de un suculento bistec de mummm… puerco y hasta disputarse las sobras de uno que otro comensal.

De seguro, pudiera enumerar otras coincidencias, como la inscripción en el club de mis Flores, el compartir hasta la misma casa –una on line y la otra casi como copropietaria- y el soportarme durante ocho horas, que es demasiado.  Mas, ni ellas mismas sospechan tantas similitudes y de seguir hurgando en esos caracteres me atrevería a desafiar hasta a Freud con las revelaciones de tal estudio personológico.

Pero, sin dudas, se parecen. Es más, podría apostar que si descubren este post –y no precisamente un día melancólico como hoy cuando a estas alturas del mes el salario ya es historia-, puede que lloren.

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Responses

  1. Madame: Me has dejado sin palabras, qué sin palabras? sin aliento después de este post. Mira que trato de pensar en algo coherente que escribirte, pero el deslumbramiento me pone así: boba de remate. Gracias por quererme, por soportarme más de 8 horas, por ser mi paño de lágrimas y la mejor consejera hasta con el visto bueno de Anita. Te diría un millón de “gracias” más, pero el más global de todos es el agradecimiento virtual por este post y el apretón que voy a darte en vivo por ser mi hermana de verdad. Ay, estoy culeca, pero eso ya se notaba desde antes…

    • Lo debía desde hace mucho, pero los conjuros de la tecnología me lo habían impedido. Aún creo que no logré una imagen exacta de ninguna de estas dos Flores, me quedaron cosas por escribir que ambas saben y no necesito decirlas. Ya sabía yo que Anita y Margaret se habían puesto de acuerdo cuando decidieron dejarnos solas, sin nexos genéticos, en este mundo; pero ahora después de ¿9 años? lo agradezco. Desde ahora te auguro: ni aunque regreses al Undoso podrás deshacerte de mí, jejejjee. Un beso.

  2. ya lloré(amos), porque en verdad podríamos ser una linda familia. Si Flor fuera tu hermana y yo tu madre no solo adoptiva, pues ella también sería mi hija, y Lía tuviera la dicha de tener las hermanas más inteligentes y maravillosas del mundo. En cuanto a mí, si con una me siento dichosa, con las tres conquistaría el universo; no a Matanzas, me mudaría a la Luna para que fueran felices

    • Y nosotras fuéramos felices de tener una mamá como tú, pero te imaginas: tendrías que malcriar a tres niñas al mismo tiempo, porque estas dos hermanas mayores -te aseguro- se pondrían celosas de cuantos mimos ajenos prodigaras. Mejor no, con estas dos hermanas Lía viviría en trauma, y tú a lo mejor también: por un lado aprendería la Caricarencia, no solo maternal; y por el otro, tendría que lidiar -y aprender también- con las constantes mofas de esta hermana. Mas, soy afortunada: a estas alturas tengo tres madres y dos hermanas.


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