Posteado por: Contrapunto digital | mayo 17, 2013

El apartheid de las mentes

images  “Yo nací con plumitas”, me lo dijo sin un ápice de recato,  como si lo que no se delata a simple vista hubiese venido en su información genética. Era la primera vez que hablaba, periodísticamente, con un homosexual confeso.

Bastó el pretexto de la recién concluida VI Jornada cubana de lucha contra la homofobia, con sus más o menos sinsabores en tierras yayaberas, para hacerme cómplice de aquellas revelaciones lanzadas a quemarropa. Había preparado unas cuantas preguntas, no sin censurarme las indiscretas, pero necesarias; había releído a Mariela Castro y sus más recientes declaraciones en la entrevista publicada en Granma e incluso había intentado conciliar mi supuesta open mind con esa imagen cándida que a veces proyecto. Pero Yunior Salas me desarmó.

“Soy cubano, gay y socialista”, confesó en las postrimerías de la charla cuando ya había confirmado lo que sospechaba: nadie sufre tanto como quien lleva a cuestas el estigma de la discriminación. Y Yunior lo supo desde que vestía pañoleta azul y tenía que conformarse con la negativa de aquel niño detrás de la ventana “porque mi mamá no me deja jugar contigo” o cuando cierto profesor de Educación Física le nombraba hembrita delante de sus compañeros o en la Secundaria, cuando la maestra le aseguró sin intenciones malsanas: “Que si yo no cambiaba mi actitud iba a ser muy desgraciado, porque sería maricón y a un maricón nadie lo quiere. Eso te va creando un sentido de culpa, raíces de amargura y llega el momento en que te rechazas de tal manera a ti mismo que no te sientes bien con nada de lo que haces ni de lo que dicen. Estás a la defensiva constantemente ante todo y con todos; es difícil”.

No lo había elegido conscientemente. Poco tenía que ver con su aversión a los deportes, con la crianza de su abuela ni con ciertas insinuaciones de algunos hombres de la familia: “Dale, ven a jugar dominó. Habla como los hombres y sal para la calle a romperle la cabeza a cualquiera”.

Calló durante años, pese a vejaciones sociales. Primero intentó expiar sus culpas bajo la cobija de la fe; dejó los estudios para minimizar humillaciones; tragó en seco cada vez que la abuela le advertía: “Los homosexuales van al infierno”; trató de explicarse una y mil veces aquella ambivalencia entre lo que debía ser y lo que sentía… “No podía con la carga que llevaba dentro y vino el desbarajuste. Aquello no se puede aguantar porque te vuelves loco y eso ha llevado a que atenten contra su propia vida, al alcoholismo, a los problemas mentales. Todo eso lo que genera es más homofobia y más rechazo social porque entonces se ve en esta figura discriminada por la sociedad todas esas conductas que la gente rechaza”.

Fuera del closet, con un poco más de 15 años, soportó otras condenas: el silencio de la abuela, la orfandad del padre, la incomprensión materna y hasta el irse adaptando con el tiempo a ese rechazo solapado que hiere y puede, incluso, trastocar identidades; porque “tú puedes haber estudiado, que si llegan a la cuadra y preguntan por ti ya no eres el ingeniero o el doctor, sino el mariconcito que vive allí. Esa es la carrera que estudiaste toda la vida, aunque cualquier virtud humana esté por encima de tu orientación sexual”.

Con el lastre del rechazo cargó, aun cuando asumió sin tapujos su preferencia sexual y conoció a Rogelio, con quien ha compartido, además de una vida durante 15 años, el proyecto común de ser promotores voluntarios de la línea de Hombres que tienen Sexo con otros Hombres (HSH) del Departamento Provincial de Prevención de las ITS/VIH/sida.

Mas, bien lo sabe: la homofobia sigue siendo una hidra de siete cabezas. Acaso porque la homosexualidad se asocia siempre al sida, y son los grupos más vulnerables; acaso porque a la sociedad aún le cuesta aceptar las excepciones de toda regla y, a la postre, lo más peligroso es el irrespeto al ser humano. ¿Rechazo crónico? ¿Tolerancia o inclusión social?

“La homofobia es una especie de apartheid. Aunque ya se esté procurando una actitud diferente y hayan programas sociales dirigidos a ir cambiando la visión y la mentalidad, todavía ser homosexual se sigue viendo de una forma estigmatizada”.

Y por más que se intente, persiste, pocos están aptos aún para escuchar, sin cuestionamientos, aquella certeza compartida con la mayor naturalidad del mundo: “Yo amo a Rogelio y él ha aprendido a quererme bien”, me dijo en otro rapto de sinceridad. Solo entonces, con la agenda a punto de cerrarse, advertí que esta historia aún está por escribirse.

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Responses

  1. Jesus, Maria y Jose….

  2. Desgraciadamente, la homofobia esta fuertemente enraizada en la cultura del cubano. Aunque mucho hemos avanzado, muchísimos años más faltan para que logremos ver a los homosexuales, sobre todo masculinos, como seres “normales”.

    • Gracias Waldo por llegar y comentar y disculpe la tardanza de la respuesta. Comparto su criterio, aún falta un buen trecho para que interioricemos que tolerar no significa aceptar.


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