Posteado por: Contrapunto digital | febrero 13, 2014

El hombre que ama a los perros

Santos Suárez (Small)  No le debe nada a San Lázaro, que se sepa; pero se le asemeja tanto que hasta los   escépticos pudieran creer que es su reencarnación. Y no por las llagas que le faltan en las piernas —a no ser que se escondan bajo el raído pantalón—; ni por el color de ébano que dista tanto de la tez clara del viejo de las muletas; ni tan siquiera porque lleve alma y hasta nombre de santo; se parece, únicamente, por la jauría que lo escolta día y noche.

Santos Suárez Roque, como casi nadie le conoce, no ha tenido otra compañía más fiel en su vida que esa manada de perros y su padre; “pero el viejo se me murió y entonces me tuve que ir de Morón, de donde soy, porque lo veía en la casa y en todos los lados. Dejé allá a la mujer y vine dando tumbos con los perros” —esa confesión arrancada en las postrimerías sería el gancho para narrarme una historia que ya dura 14 años—.

Cuando lo conocí había dejado de vivir en la garita del huerto del Hospital General Universitario Camilo Cienfuegos con los 15 perros que dice tenía por entonces; tampoco gastaba los pocos kilos que le pagaban comprando empella y arroz para alimentarse todos; ni iba con la cantina a la EIDE a resolver algo de salcocho para engañar el hambre de los animales. Yo lo hallé por pura causalidad, cuando había encontrado hogar en el Asilo Canino de Sancti Spíritus, un proyecto de la Fundación de la Naturaleza y el Hombre, el primero de su tipo en el país, que Santos ha hecho propio; un lugar intrincado de la ciudad al que se llega en carro y se entra a pie.

Es su casa. Quizás la única que ha tenido en mucho tiempo. No son más que cuatro tablas parapetadas en medio de la nada, o de la casi nada. “Ahí es donde se les da el baño seco a los perros, me tranquiliza; aquella es la oficina —una habitación que parece de mampostería desde lejos y donde prefiero pensar que pernocta— y por ahí pa’ allá están las naves y vamos a hacer otras dos jaulas porque ya tenemos más de 50 perros”.

A muchos los ha recogido de la calle sin lazos ni jamos y a otros los ha sacado de la perrera donde dice haber dejado la fortuna que jamás ha tenido. “He pagado más de 3 000 pesos de multas para sacarlos de ahí”, confiesa. A todos los ha curado de las pulgas, la sarna y de las llagas del abandono.

Mas, tal vez intuye —por sufrirlo en carne propia acaso— que algunos rasguños casi nunca sanan y por eso se aferra a la idea de sensibilizar a otros para que cuiden a sus cachorros, de abrir las puertas del asilo —como se lee en la tabla que cuelga de un poste a la entrada del camino— a la adopción, que conlleva una vigilia estricta a los futuros dueños, y a otros tantos sueños por construir.

“Hemos hecho mucho, pero aquí falta hacer una pila de cosas: un parque infantil, una clínica veterinaria para capar a las perras y evitar la reproducción, un crematorio, tener luz eléctrica…”. Utopías, pienso y Santos me desmiente sin saberlo desde que me contó que a filo de machete desbrozó todo aquel yerbazal que inundaba el terreno; que a golpe de voluntad, y de otros tropiezos, echaron cercas y levantaron jaulas y hasta construyeron una improvisada cocina de leña más rápida y ahorradora que una hornilla eléctrica.

Lo ha hecho todo por corazón y por otras razones que prefiere callar y yo omito, porque siempre ha vivido al lado de los perros y sé que los canes, en un natural intento de autodefensa, suelen ser precavidos a la hora de abrir el alma. Lo ha aguantado todo: mordidas, desamparos y hasta los reproches de la mujer que espera en Ciego de Ávila y que de vez en vez le recrimina celosamente: “Tú quieres más a los perros que a mí”.

Y es para creerlo. Solo le ha sido infiel —creo yo— con ese retortero de perros suyos que han venido a suplir tanto… hasta el vacío de hijos. Pero Santos no se queja, le basta tener la mejilla mojada de lamidos; le basta tener los boniatos cocidos en el caldero; le basta matar una a una las garrapatas; le basta sentir aquellos ladridos interminables para ser feliz.

Cuando lo conocí hasta yo juzgué su parecido con el viejo Lázaro.  Tenía más de 60 años, la cabeza cana, una manada propia y esa faz irrepetible de quien ha sentido las mordidas del desarraigo. Puede que no sea un santo, pero a Santos Suárez Roque lo encontré por puro milagro en medio de la jauría mientras intentaba buscar primicias del Asilo Canino. Desde entonces tengo una deuda y nadie más sospecha —como no lo imaginaba antes— que, cuando la ciudad toda duerme, en aquella boca de lobo hay un hombre que ama a los perros.

Anuncios

Responses

  1. Madame, me has emocionado con la historia de Santos Suárez, sobre todo con aquello de que “los ha curado de las pulgas, la sarna y de las llagas del abandono”. Genial!!! Hace falta que recuerdes más a menudo que tienes un blog, jejeje.

  2. También los hombres; como los perros, en un natural intento de autodefensa, suelen ser precavidos a la hora de abrir el alma. Me encantó la historia de Santos.¡Es un verdadero honor haberlo conocido!

    • Gracias, Tai, por leer y dejar esta huella en mi blog. Qué bueno saber que te gustó conocer a Santos. Desde que lo vi me sentí en deuda con él, por su soledad y porque ni él mismo sospecha cuán importante es. No dejes de leerme.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: