Posteado por: Contrapunto digital | agosto 5, 2014

Escríbeme una carta

Escríbeme una carta“Escríbeme una carta”, me dijo y no pude negarme, aunque Nereida no me había señalado ni con un puntero en el mapa, como solía hacer en sus clases de Geografía, dónde quedaba el Océano Pacífico; aunque la conocí de pasada, cuando había dejado el aula y ya vendía artesanías por cuenta propia.

Lo único que sabía de ella, más allá de ese saludo ocasional cuando nos cruzábamos en la acera, era su pose de pedagoga que trascendió en unas cuantas fotos con sus alumnos; que creía en Dios desde hacía mucho tiempo; que aquella muchacha flacucha con sus mismos ojos —esa que ahora se me plantaba delante con tamaña petición— era su hija y que, de un día a otro, a Nereida la había empezado a consumir un cáncer en el interior.

Por eso me helé aquella tarde; no porque nunca hubiese escrito una epístola, sino porque jamás había hilvanado palabras ante la angustia del dolor ajeno y porque increíble era que mi única conversación con esa muchacha —de mi misma complexión física y casi de mi misma edad— fuese aquel pedido desgarrador.

—Supe lo de tu mamá…, lo siento— balbuceé apenas.

—Fue… —respondió en un mal intento por acallar las lágrimas—. Necesito que me ayudes —pidió—. Escríbeme una carta para agradecer a Yania, la doctora, y a todas las enfermeras que lucharon por mi mamá durante estos cinco meses.

Tragué en seco para escuchar aquellas confesiones llegadas entre sollozos. Yo había visitado la Sala de Quimioterapia por intereses reporteriles, había entrevistado a Yania, la doctora, y a cada una de aquellas seños de verde de pies a cabeza que intentaban mitigar la revoltura de los citostáticos o aquel olor a muerte. Lo que no sabía entonces —hasta aquella angustiosa tarde— era que esa misma doctora había perdido a su madre con cáncer; que consiguió para Nereida —como para otros pacientes— medicamentos en otras provincias del país cuando aquí escaseaban y que esa madrugada también lloró desde el otro lado del auricular cuando confirmó lo que trató de evitar, pero ya sabía desde antes: “Mami murió”.

Y ahora yo debía escribir… sin sensiblerías, con la frialdad que suele colarse en una columna de un medio de prensa.

Vacilé, pero no podía negarme; acaso porque jamás me había esforzado por atender en ninguna de las clases de Nereida; porque tampoco le tendí la mano en aquellos días de dolor a no ser por medio de las recetas y las medicinas que algunas veces salieron de mi casa; porque nunca me atreví a visitarla ni antes ni después de que se le cayera el pelo —solo la vi una vez en el hospital cuando quizás ya no tenía ánimos para saludarme— y porque ahora era la única oportunidad de decirle que, a veces, las palabras son el único socorro para no pocos quebrantos.

Hubiera querido decirle que a la gratitud le quedan estrechas esas cuantas líneas y que un ejemplar entero del periódico no hubiesen bastado tampoco para ahogar la tristeza de Vivian, su muchacha de ojos saltones; pero eso es mejor que no lo sepa ni que lo lea, porque espero que en algún lugar de este mundo reciba esta otra carta.

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Responses

  1. Dayi, qué triste historia, me toca de cerca, me desgarra, primero porque mi prima y mi abuela murieron de cáncer y segundo, porque se me hace difícil el consuelo en los días de dolor. Gracias por compartir.

    • Mi panter, gracias por leerme y comentar. No sabes cuánto sufrí ese día, ha sido unas de mis experiencias profesionales más desgarradoras. Me has puesto un reto: escribir… intentaré cumplirlo.

  2. MI querida amiga este es un excelente artículo, me has tocado el alma. Al leerte me has hecho regresar a ese lugar donde dediqué años de mi vida a combatir la enfermedad y la muerte, me has hecho recordar a mis colegas de quimioterapia, a la Dra. Yania, a Martha, a Tairi, a Liskeily, a Yanelis, a Mariela, a Jorgito y las “seños” de esa salita donde el amor obra maravillas y la dulzura destila en las miradas de sus protagonistas y valientes defensores de la vida, me has traído recuerdos agridulces, que me impelen a luchar por regresar a esa senda. Gracias Dayamis Sotolongo. Te quiero.
    Pupyto

    • Mi Pupi (mi endocrino predilecto):
      No sabes cuánto me alegra leerte y que me confieses que te ha conmovido casi como a mí esta historia. Porque sé que amas lo que haces saldrás adelante, porque sé que también tú has salvado vidas. Te quiero (y el Leo también) ¡Qué clase compromiso saber que me lees!


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