Posteado por: Contrapunto digital | marzo 6, 2013

Amor de madre

“Le pido a Dios todos los días que mis seis hijos me entierren, que no tenga nunca que enterrar a ninguno de ellos”. Y Dios no escuchó a Elena Frías de Chávez. Fue lo menos que pensé cuando aquellas palabras, dichas mucho antes para un documental inconcluso de la periodista Maricela Recasens –como confesaría la propia reportera-, me estremecieran al filo de la medianoche durante la emisión del Noticiero del Cierre.

Chávez dolía desde mucho antes de la tarde de ayer. Desde que el cáncer se reveló como una certidumbre; desde la primera cirugía en La Habana; desde que las radioterapias lo devolvieron en imágenes –desacostumbradas siempre- sin cabellos; desde que hace apenas más de dos meses, sentado en la silla presidencial, anunció un obligado viaje, que quizás nunca presintió sin retorno.

No era la primera vez. Ni tampoco la única que se alejaba de Venezuela y de ese otro hogar suyo: su madre. Ya lo había hecho antes, cuando del lecho materno tuvo que pasar al de la abuela Rosa Inés porque las estrecheces económicas de la casa impedían sustentar a tantos vástagos.

Pero, acaso desde que se vistió de soldado Elena lo creyó demasiado temerario para quebrantarse. Tal vez ella –como solo saben las madres- desde entonces se arropó de remembranzas para agazapar el dolor, aunque bien lo supiera: hay heridas siempre abiertas.

Y por eso a lo mejor lo veía, aunque la señal del televisor se lo devolviera de rojo cerrado mientras le hablaba a la nación que había hecho suya, como el pequeño que vendía las “arañas” por las calles de Sabaneta o se recordara a solas con la comadrona cuando “naciste de 4 a 4 y 30 de la mañana (…)  No tenía reloj pero si sé que fue en la madrugada, el feliz nacimiento tuyo mi amor” –como lo reseñó el sitio Noticia al día cuando a petición de su hijo Elena le revelara el día aquel en que lo trajo al mundo-.

Desde entonces fue un amor sin explicaciones, pero de incertidumbres por esa elección del hijo de tanto andar al filo de la muerte. Mas, Chávez no dudaría nunca en hacerle saber cuánto refugio encontraba en su pecho, cuánto agradecía a Dios haber venido de su vientre.

Por eso hoy cuando Venzuela toda es llanto, las imágenes vuelven a estremecerme. Ya no es la voz de Elena –en las postrimerías de la noche- la causa de mis desvelos, sino esa mujer inconsolable que no se aparta del féretro. Otra vez resuena en mi mente la plegaria que le escuché anoche y prefiero figurármela entonces sentada en una de las butacas de la sala de su casa, casi tres años atrás, el Día de las Madres cuando el hijo eterno dedicara unas líneas –publicadas en Patria grande, la revista digital del ALBA– para homenajear a las madres venezolanas, y en especial a su mamá-abuela Rosa Inés y a ella. Prefiero imaginarla con una sola lágrima en las mejillas mientras Chávez le dice, en versos del poeta argentino Roberto Juarroz: He demorado mucho, /he demorado todas las mujeres/y también todos los hombres/,he demorado el tiempo interminablemente largo de la vida/ interminablemente breve,/para llegar a ser varias veces tu hijo.

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Posteado por: Contrapunto digital | septiembre 7, 2012

Son de provincia

La Habana seduce. Tiene ese raro poder de obnubilar hasta a los más cuerdos. Quizás porque desde que la engendraron se sabe metrópoli soberana de no pocas exclusividades: el único Capitolio; la mayor de las fortalezas militares construidas por España en el Nuevo Mundo; los hoteles más pomposos; los mejores centros culturales de toda la isla y hasta los mayores por cientos de emigrados, como debe rezar en las más recientes estadísticas.

No basta con que se vanaglorie, se diga –y hasta se lo crean algunos- que es la capital de todos los cubanos; La Habana tiene ese sino discriminatorio per se. De lo contrario no resonaría una y otra vez, como para desnudarte en plena calle, la obligada pregunta: ¿son del interior?… como si el resto de los coterráneos de esta isla fueran apenas unos extraterrestres venidos de otra galaxia, acaso de la misma galaxia que esos interlocutores llevan tatuada –la mayoría de las veces- en su carné de identidad.

Por eso, para disimular el guajinómetro, algunos se disfrazan: se tragan las erres hasta para decir perro; evitan retratarse con el Capitolio a sus espaldas; disimulan el miedo a los miles de semáforos; permiten ser tragados, sin preguntar, por camellos a riesgo de confundir las paradas; enmudecen por tal de no cantar…

Hace un tiempo se me revolvieron de golpe unas que otras molestias. Acudí a la presentación de un libro de escritores “de provincia” en cierto centro cultural habanero. El agua embotellada –que no debe faltar en eventos de rango-; los micrófonos en la mesa; un menguado público y delante talentosos escritores –no lo dudo- que más que hablar de sus textos se desdoblaron en agradecer “la oportunidad de poder presentarnos aquí”, “allá en nuestra provincia hay mucha gente buena escribiendo, pero aquí no se conoce”; “allá tenemos las décimas, la casa museo de Fulano, las composiciones de Mengano…” como si el talento entendiese algo de fatalismo geográfico.

No pude menos que compadecerme de esa especie de servilismo profesional como si todos no fuesen escritores, como si todos no fuesen cubanos, como si todos no tuvieran las mismas posibilidades, como si todos no fuesen iguales… ¿o no? Recriminé a La Habana y a esa omnipotencia suya que la ha convertido en el único lugar posible para trascender. Lo lamenté aunque a lo mejor ella no tiene la culpa, ni ellos ni yo tampoco que más de una vez he sucumbido a su deslumbramiento.

Posteado por: Contrapunto digital | junio 19, 2012

Aterrizaje forzoso

¡Se cayó un avión! La frase aducida por el chofer del jeep bastó para clavarme en el techo del vehículo. Lo dudé; sí, porque en ese momento todavía no me había traicionado el olfato periodístico.

Mas, como para convencerme, una cola de carros inundaba la carretera al estilo de un inusual embotellamiento.

-Deber ser un accidente, me atreví a balbucear en voz alta. Y como para desmentirme, a seguidas la voz de un agente del orden, casi pegada al oído del jeep, sirvió para exacerbar a la tripulación que me acompañaba y, por ende, a mi (des) información. “Se cayó un avión”, y aquella aseveración, reiterada en boca oficial, le puso la tapa al pomo de mis supuestos.

Sancti Spíritus es el Triángulo de las Bermudas, me dije. Pero, algo raro había en aquel panorama que auguraba ser la noticia del día: la aeronave inmensa pavoneándose sin rasgaduras evidentes por medio dela CarreteraCentral, en plena Rotonda espirituana; los niños felices viendo el espectáculo –lo único que le faltaban eran las pañoletas en las manos para vitorearlo-; los edificios enhiestos, imperturbables; nada de llamas; nada de muertos; nada de heridos… lo más sospechoso eran las ambulancias apostadas, por si acaso, y el carro de los bomberos y la motorizada y la grúa que intentaba hacer caminar a aquella mole.

Enseguida dentro del vehículo se sucedieron las más inverosímiles suposiciones, que si había aterrizado en medio dela Rotondapor el tatuaje de las gomas en la hierba; que si había largado un ala y la cola; que si ya habían sofocado el incendio…

El cubano es novelero per se, pero era demasiado absurdo pensar que todos se equivocaban: “Míralo, ahí, que más quieres”, aducían mis co-tripulantes.

No titubeé entonces y móvil en mano puse en pie de guerra al Escambray. Cobertura de lujo: avezado reportero, improvisada fotógrafa y un chofer de puntería a cazar lo que auguraba ser el palo periodístico.

A orillas de la ciudad, el carro chirrió gomas para interceptar a la nave.La Korda moderna, descalza y cual paparazzi, burlaba el cerco policial para lograr inéditas instantáneas: que si una donde se vea la nariz del avión destrozada, que las alas hechas tierra, que si una foto de los heridos y qué va eso sí no puedo verlo… A lo lejos, y a tientas, el reportero estrella de Bacuino –como lo bautizara una colega-haría tal vez la primera pregunta ingenua en sus más de dos décadas en las lides periodísticas.

-¿Hubo muertos?, inquirió.

Por encima del uniforme, como suelen mirar los policías, aquel agente del orden casi lo aprehende por desacato, por las continuas interrogantes de ese medio metro demente que seguía insistiendo.

-¿Se reportan muchos daños? ¿Las personas están a salvo? Mire, somos periodistas del periódico.

Solo entonces el hombre lo sacó de tal desvarío:

-¿Qué accidente? Este avión no cayó del cielo, se está trasladando para hacer un restaurante en el pueblo.

Posteado por: Contrapunto digital | mayo 4, 2012

Gajes del oficio

 “Soy una aprendiz”, me dije al cabo de los cuatro años, nueve meses y 15 días de graduada. Me lo repetí desde que asumí aquel tema editorial, sin haber puesto nunca los pies en las narices de un central, solo por la presunción mía de pensar siempre en comentarios. Y volví a creerlo, y a convencerme de mi impericia, cuando supe que debía compartir los avatares de tamaña investigación con un avezado reportero de talla nacional –y esa fue mi suerte, lo reconozco-.

Entonces volví a estar de prácticas pre-profesionales –porque con su experiencia, acentuada por la calvicie, y mi juventud nadie creyó que ostentara título alguno-. Me sometí a escuchar, a andar como Sancho Panza, a sostener la agenda y a anotar toda aquella sarta de lagunas de oxidación, de desechos y de reguladores, que me desvelaron por más de una noche, y a inquirir alguna que otra pregunta, que más bien venía a subsanar los olvidos (in) voluntarios de mi tutor.

Por esos días me convertí en una especie de apéndice suyo para luego tener que sortear la similitud de unas respuestas que no debían contradecirse, pese a las fabulaciones de ambos; las descripciones de un lugar que para uno podía tener hedor y para el otro la más común de las pestes –aunque ninguno de los dos conseguimos obviar la palabra-, y hasta rifarnos, sin decirlo, las frases de los entrevistados para evadir cualquier síndrome de informismo.

Resistí estoicamente, aunque ganas no me faltaron, a leer aquel reportaje garcíamarquiano que se escribía a solo una puerta de mí, solo por el hecho de no ser acusada de plagio, pues nadie se atrevería a creer lo contrario pese a su renombrada experiencia en fusilamiento de textos. No obstante, a la larga sobrevinieron, inevitablemente, varias coincidencias.

Pero, a esa suerte de Tom Wolfe a quien acompañaba no le bastaron sus dotes azuzados luego de más de 20 años de ejercicio profesional y para sorprenderme –solo por la ausencia del fotógrafo titular, claro- se vistió de Korda, diseccionó las lagunas en todos los planos y contraplanos posibles, se las agenció para lograr una imagen poética, incluso, de un chorro de agua –que no sé en este momento si era provocado por una motobomba o una turbina- y hasta intentó sumergirse –a no ser por el mosto- en una de aquellas represas para complacer el capricho común de ver las torres del ingenio a las espaldas de esos lagos de desechos.

A la vuelta, la agenda repleta de datos, las fuentes accesibles y sin secretismo, las fotos… bueno, estoy obligada a decir que son excelentes. Al parecer, una cobertura sin contratiempos. Mas, solo una escaramuza lastró nuestras peripecias: en lugar de periodistas regresó un par de mofetas, que a juzgar por sus hedores nadie dudó de que traíamos el mosto pegado mucho más que en la ropa. Ante tal repulsión colectiva no nos quedó más remedio que seguir cargando el uno con el otro, porque, como suele suceder, quien trae la peste encima es el único que no la advierte.

No me hicieron falta entonces las explicaciones de la mañana para confirmar que la vinaza es uno de los desechos más peligrosos del mundo; por lo menos así hiede. Solo el olor y aquella experiencia me bastaron para repetirme -a los cuatro años, nueve meses y 15 días de graduada- que me falta bastante por aprender. Pero, mucho más que aquel reportaje con costuras y deshilados, disfruté de la hojarasca que hoy me atrevo a narrar, y a compartir, a riesgo de quedar excedente –como me advirtieron- cuando le ponga punto final a este post.

Posteado por: Contrapunto digital | abril 24, 2012

Otras Flores

  Tengo dos amigas. O no, me equivoco, son más –   para que ninguna se me ponga celosa-, pero a dos de ellas les ajustan estas líneas. Les escribo por equidistantes y divergentes. Si no fuera porque una me adoptó como hija, desde hace casi cinco años, y a la otra la asumí como una de las hermanas que nunca tuve, pudiera asegurar que entre ellas también existe ese parentesco filial.

Y es que se me confunden demasiado, llegan a padecer, incluso, las mismas patologías: una ha estado a punto de contraer hastala Influenza o la mononucleosis infecciosa (denominada comúnmente la enfermedad del beso), pues saluda a todos, aunque no sea correspondida, a miles de kilómetros de distancia; y la otra –pese a que lo disimule con más acierto- pensando reconocer a alguien puede lanzarse a los brazos de los desconocidos en medio de una concurrida parada. En definitiva, las dos padecen la Caricariencia, traducida al argot popular como excesivas muestras de cariño para con sus semejantes.

Mi madre adoptiva casi ha llegado a ser canonizada como la Madre María Teresa de Calcuta y mi hermana –solo de lazos afectivos que me he atribuido-, aunque tiene un buen corazón, no llega a tanto, porque según ella misma afirma: “Sabe dar patadas con dulzura”.

En ese paralelismo se rozan, incluso, en su devoción por las largas distancias. Náufragas ambas de Yutonges pudieran escribir un libro con sus crónicas de viaje. Mi progenitora ha llegado a ser confidente –y también confesada, pues no se resiste a mantener en secreto sus controversias interprovinciales y su experiencia marital sobre ruedas- de cuanto viajero le ha tocado en el asiento contiguo, al punto de llorar y sufrir por los desamores de otros, los infortunios y hasta por los altibajos de la libreta de abastecimiento.

La otra, en cambio, no comparte sus intimidades, pero puede preguntar a voz en cuello en medio de cualquier guagua: ¿A quién se le perdió este billete de 50? y regalárselo al primero que levante la mano.

No obstante, en lo que más se asemejan es en la potencia estomacal: ambas pueden degustar, felices, el más feroz picadillo de huevo de toro como si disfrutaran de un suculento bistec de mummm… puerco y hasta disputarse las sobras de uno que otro comensal.

De seguro, pudiera enumerar otras coincidencias, como la inscripción en el club de mis Flores, el compartir hasta la misma casa –una on line y la otra casi como copropietaria- y el soportarme durante ocho horas, que es demasiado.  Mas, ni ellas mismas sospechan tantas similitudes y de seguir hurgando en esos caracteres me atrevería a desafiar hasta a Freud con las revelaciones de tal estudio personológico.

Pero, sin dudas, se parecen. Es más, podría apostar que si descubren este post –y no precisamente un día melancólico como hoy cuando a estas alturas del mes el salario ya es historia-, puede que lloren.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 30, 2012

Regreso

  Me lo imagino enfundado en una de sus camisas, con su rostro enjuto luego de tantos pesares callados. Me lo imagino tarareando, entre-dientes, El necio y sin creer la certeza de ese retorno con restricciones, aun antes de poner un pie en la escalerilla del avión.

No lo dudo, ya lo había ensayado desde antes y lo había repasado –sin quererlo, como se sueñan las utopías- tras el más cruel de los confinamientos. Meses atrás la libertad dejó de ser una quimera ansiada entre rejas y solo en aquel momento pudo tener, sin ataduras, el abrazo postergado de los suyos. Entonces lo conocí de veras, no como el héroe dibujado en las pancartas, de sonrisa mustia –aunque lo disimule- ; por vez primera lo vi de carne y hueso y pude aquilatar su hondura de padre tierno, de hijo amoroso, hermano preocupado, jodedor empedernido y hasta de esposo fiel.

Por eso hoy, cuando el Noticiero del Mediodía anunciaba su regreso a la isla, no pude menos que pensar en el René hombre y en todos esos sentimientos que de seguro se le estrujan en el alma, a despecho de hipertensiones. Pensé en su familia, en su hermano para quien no habrá, tal vez, otra posibilidad de reencuentro y también pensé en Olga, que de seguro todavía lo recuerda en short y pulóver en la sala de la casa con la misma alegría de hace trece años.

Y me lo imaginé ahí, parado al filo de las emociones sin tener que reprimir ni las lágrimas, sin tener que endilgarse una sonrisa para despistar las soledades de la prisión. Nunca antes lo vi de esa manera, por eso hoy, en ese instante en que las noticias lo traían de vuelta –todavía sin imágenes- no pude evitar ese escalofrío en el espinazo y supe que es mejor figurármelo así, de cuerpo entero, tocando el suelo de La Habana, antes de tener que imaginarlo con un pie en la escalerilla, otra vez, soportando el obligado regreso.

Posteado por: Contrapunto digital | marzo 5, 2012

Viajar

  No he viajado mucho –isla adentro, me refiero-. Me faltan por conocer aún ciudades tan atrayentes como Holguín, Baracoa, Gibara, Las Tunas, Pinar del Río, la Isla de la Juventud…A otros lugares los incluyo en mi lista solo por haber estado de pasada en algunas de sus calles, aunque se me confundan en la memoria al punto de no distinguir, a veces, si vi un gallo sin plumas y cacareando en Bayamo o arenas negras en Cienfuegos.

Pero viajar, incluso en tramos cortos y dentro de las fronteras nacionales, supone un ejercicio cotidiano de audacia y hasta puede convertirse en una reñida prueba de aptitud. Para arriesgarte a andar sobre ruedas prestadas –sí, porque los conductores suelen ser daltónicos y por eso lo azul lo ven amarillo- debes avituallarte de poses y astucias a la hora de pedir botella, que tiene sus reglas y sus ganchos probados: ser joven; tener un cuerpo respetable, o al menos carisma; un vestuario acorde a hojas de ruta y gustos de los choferes; y si ninguna de estas aptitudes te acompaña, solo queda encomendarte a manos de la suerte –que suele ser loca y a veces ni tocarte-.

Si por casualidad optas por el transporte particular de pasajeros además de tener una cuenta jugosa, al menos en el Banco Popular de Ahorro o en una alcancía, debes acopiar mucha paciencia y tolerancia: puedes llevar en tus espaldas la mochila del que está del otro lado del pasillo, compartes el sudor del otro, fumas aunque nunca te hayas llevado un cigarrillo a la boca, te enteras de los enredos de los demás y hasta de la promiscuidad de algunos –aunque para hablar de tales historias de viaje tengo una amiga que es la voz más autorizada-, pero mirándolo de esa manera, y solo de esa manera, la olla de presión, que son dichos camiones, constituyen una de las muestras más espontáneas de solidaridad.

Mas, si para no desangrar tu bolsillo todos los días, todas las semanas, los meses, los años… decides compartir travesía en los denominados carros de transporte obrero entonces sí pierdes la dignidad por un peso. De pronto, y sin explicaciones, quedas disponible, pues de trabajador pasas a ser un simple haragán. El cartel en la pared te lo restriega sin remordimientos: “Los asientos solo para empleados” y si aún lo pones en duda, alguien con una dulcísima voz te grita al oído: “Oye, dejen de hacerse los suecos, ¿y mi asiento?” Otros, hasta llegan a probar ciertas metáforas, para que el levantón sea menos agrio: “Asientos que hablan; paticas que caminan”.

La propiedad sobre las sillas no entiende de edades ni sexos. No importa que el trabajador pueda aparentar un fisiculturista y usted esté más descomido que un Aedes aegypti, el asiento es de él o ¿no lo entiende? Por eso al final de cada jornada otra duda le ronda los ánimos: ¿Si no soy trabajador, qué soy?

Ante tal panorama, con tantas incertidumbres a cuestas y mientras continúen ariscos los precios y las Yutongs, tendré que seguir postergando las rutas desconocidas. A este paso, definitivamente, no he viajado ni viajaré mucho.

Posteado por: Contrapunto digital | febrero 20, 2012

A corazón abierto

  Nadie puede tener dos corazones. Nunca lo creí posible hasta el día que a mi abuela, quien ha vivido en dos siglos, le nació otro y en el lado derecho de su pecho. Un día de noviembre u octubre –del que no podría precisar fecha sin volver a experimentar la turbación ante el coqueteo de la muerte- el marcapasos me la trajo de vuelta con su bata de casa ceñida, sus pasos demasiado ágiles para soportar el peso de casi una centuria, sus historias de antes y sus manos huesudas, las mismas manos que me han cargado durante 27 años.

Hasta entonces no tuve uso de razón para aquilatar la pericia de los hombres. Solo aquella tarde me bastó para comprender que la perfección es un espejismo y para creer, con los ojos cerrados, que –como ella misma dice, “todo tiene arreglo, menos la muerte”.

Desde esa fecha, y hasta hoy, agradecí a Dios y a los hombres y a la revolución científico-técnica. A sus 93 años mi abuela es demasiado joven y demasiado osada para quedarse de brazos cruzados y resistirse a andar. Ella no lloró –y no lo sabe, ni lo sabrá- pero yo lo hice por ella. Será porque aunque me inculcó ese espíritu temerario desde los seis meses, cuando me le escapé volando en la palangana y caí de panza en el patio vecino sin rasguño alguno, no he aprendido a ser valiente ante las quebraduras de la gente que quiero.

Mas, en cambio, aprendí otras cosas: a vivir las historias de guardias rurales y Camino Real, de aparecidos y velorios y hasta a inventarme otras para no quedarme a la zaga en aquellas tardes de ingenio; a amar la lectura y el conocimiento nuevo –porque como siempre dice “saber no ocupa lugar”; a ser revolucionaria por principios, por herencia familiar y hasta por genética desde que le recomendó a mi mamá echar mi ombligo, caído a los nueve días, y mis primeras uñas cortadas en La historia me absolverá para que, según ella, saliera inteligente; a temerle a las ranas, hasta las de juguetes, y a los dentistas; a llegar puntual a la escuela; a peinarme sola a los cinco años para librarme de esas lomas que me crecían –a disgusto mío- entre motonetas y lazos; a estar informada; a escribir de todo, pero con fundamentos… y hasta le debo esta inapetencia crónica de la que intentan curarme hoy al cabo de casi tres décadas.

Por lo visto, tengo muchas deudas con mi abuela, estas y otras cuantas líneas más que llegarán sin prisa pese a que me espoleen las supersticiones. Pero, no puedo permitirme el silencio, porque al cabo de 93 años, mi abuela volvió a sorprenderme, a deslumbrarme como siempre y a confirmarme –aunque yo lo sabía desde que abrí los ojos al mundo-  que ella es tan singular que hasta vive con dos corazones. Lo único que no puede sospechar es que yo, con menos años a cuestas, tengo más que ella –y hasta creo que lo sabe aunque a veces lo calle- desde hace 27 julios gané dos madres.

Posteado por: Contrapunto digital | diciembre 12, 2011

Despedida

   Nunca he sabido decir adiós. No soy la única, creo. Lo puedo ensayar de todas las maneras posibles y hasta montar un teatro para la ocasión, que al final se desmorona mi histrionismo, se me tuercen las palabras y termino tratando de huir sin remedio.

Hace unos días –después de mucho tiempo- volví a  sentir ese nudo en la garganta. O todas lo sentimos de golpe, con más o menos acierto para disimularlo. Hace solo siete días una amiga no está. ¿Y cómo guardar entonces ese adiós sin extraviarlo? ¿Cómo saber que a la vuelta de los años no se nos disiparán los recuerdos?

Al menos ella fue más inteligente, echó en una maleta su vida: muchas fotos, algunos documentos disonantes en otro mundo, reliquias de familia, las carcajadas compartidas en los mediodías de tertulias, los agobios de varios años, sus miedos y hasta las muñecas de una pequeña que no entiende de 3D ni de soledades; que nunca ha ido a Disneylandia, pero se cree princesa y que no conoce más diversión que las tardes de juego con un amigo que aún la espera a las puertas del colegio.

Creyó que aquella maleta era suficiente. Y así partió; más por utopía que por certezas; más por otros que por sí misma.

Ni entonces ni luego supimos decir adiós, acaso porque resulta más cercano un hasta pronto o un abrazo o el silencio; al menos son astucias para despistar las incertidumbres de un reencuentro.

Ella, en cambio, no pudo mirar atrás, tal vez por temor a la desazón que provoca el desarraigo o quizás porque nadie como ella sabe lo amargas que suelen ser las despedidas.

Hace siete días y aún sigo sin saber decir adiós; es más: a estas alturas pudiera asegurar que no aprenderé nunca. Solo quisiera creer que no le pasará, que con los años –como dice Buena fe- a ella no se le encharcará de nostalgias el corazón.

Posteado por: Contrapunto digital | diciembre 5, 2011

Año nuevo

   Me adelanto exactamente 25 días a las  acostumbradas crónicas de fin año. Primero, porque después del 20 (no sé en otros lugares) a casi nadie lo encuentras en su puesto de trabajo y segundo, porque como no me queda bien el género, prefiero compartir esta cosa –una de las clasificaciones más sensatas para denominar todo lo incorpóreo- mucho antes de que alguien pueda acordarse de que lo leyó.

Pensándolo bien, esperar un nuevo año siempre tiene sus encantos y sus (des) encantos. En diciembre hasta el más pinto de la paloma echa mano a las supersticiones: que si quemar un muñeco para destruir todo lo malo; que si agarrar una maleta y salir como un loco por todas las cuadras para ver si se me pega un viaje; que si lanzo un cubo de agua o granos de arroz, depende de las preferencias de los dioses que regirán los destinos del nuevo año –aunque con los precios del cereal en el mercado mundial hasta los orishas deberían repensar sus predilecciones-; que si pido un deseo a las 12 en punto para que se me cumpla… Mas, lo que sí no puede faltar es el lechón –pese a su costo en pie o en bistec- ni el congrís ni la yuca ni tan siquiera el traguito que por esos días suele justificarse.

Y aunque nos agobiemos durante todo el año uno vive soñando el futuro, por incierto que sea, con la esperanza de que “el próximo” sea de veras más próspero, se resuelvan todos los problemas y hasta podamos comprarnos un carro…. total, soñar no cuesta nada.

Pero, otro año más también tiene un sino de catarsis. Cuando niño uno no se preocupa mucho por si empezamos un nuevo milenio o si –según los Mayas- estamos al borde del Apocalipsis, pero cuando el almanaque se acerca a los ta cada año que pasa te restriega en la cara que envejeces (y eso no da mucha risa).

No obstante, diciembre es un mes de sorpresas y de gastos. Será por eso que siempre tiene ese rostro de fiesta y alegría que tanta falta le hace al cuerpo y al espíritu.

Entonces, por si las moscas, prefiero pensar que este no es el último de los años que nos restan por vivir. A lo mejor, los Mayas se equivocaron o se les agotó el presupuesto para seguir haciendo almanaques; prefiero creer eso y disfrutar como si en el 2012 no se acabara el mundo.

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